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El poder de un beso

febrero 27, 2010

Eran las diez y treinta, estaba llegando de trabajar, exhausta, mi ánimo era nulo y mi cuerpo se movía si por ósmosis hasta mi hogar.

Mientras arrastraba lo que quedaba de mi persona por las calles del centro madrileño, paró un chico a mi izquierda.
Apenas noté su presencia, casi como me percataría de la de un poste de luz, cuando de repente me lanzó un beso, ruidoso y extenso. A lo que no me quedó más que responder, pasados los minutos que me tomó procesar lo sucedido, sonreí, pues ese tipo de detalles son los que hacen que una agobiante noche sea genial.

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