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Tres en la cama

octubre 31, 2010

La noche recién terminaba, aunque tal vez es más apropiado decir que apenas iniciaba para ellos pues el destino había decidido, con sus distintas jugarretas, dejarles atrapados bajo el mismo techo.

Tras disimular un poco el caos de la fiesta recién concluida coincidieron en algo: era tiempo de irse a “dormir”. Confundidos y movidos por una fuerza inexplicable procedieron a entrar en la misma habitación. Ambas chicas, que ya estaban “en pijama”, se colocaron a cada extremo de la cama. El se detuvo ante ellas y las observó detenidamente, viendo que el único espacio disponible era el del centro. Elevó sus ojos al techo y dijo: ¡estoy en el paraíso! tras lo que colocó el cubata sobre el primer mobiliario a su alcance, se quitó los zapatos y ocupó lo que durante toda la noche sería “su lugar”.

Estaban acostados los tres en la cama, cada una de ellas había colocado la cabeza sobre su regazo. El no podía creerlo, por primera vez estaba a punto de dormir con dos chicas, una de sus mayores fantasías se haría realidad y tras la sorpresa propia lo repetía una y otra vez, mientras las tocaba y olía para cerciorarse de que no era un sueño.

Les decía lo mucho que les atraían, lo mucho que lo ponían y lo suertudo que era. Mientras destacaba factores como la suavidad de sus pieles, la cuasi perfecta formación de sus cuerpos e incluso el agradable aroma de su cabello. El las había analizado al detalle a ambas, mientras disfrutaba cada segundo y por sobre todas las cosas cada milímetro de lo que por esa noche probablemente sería suyo.

De repente una de ellas, la de la izquierda sintió algo que sobrevolaba su cintura y que lentamente desplazaba su vestimenta, mientras su piel se erizaba con el delicado roce. El, que había estado diciéndole algo al oído a la de la derecha había cambiado la dirección de su rostro para mirarla fijamente y decirle que cuando la conoció no pudo imaginarse tal situación, que nunca pensó que terminarían así, que dormirían juntos. Mientras le hablaba, su mirada hacía una especie de gancho conector, de hipnotizador que la mantenía tranquila y sin deparar en que aquel rostro, que nunca antes había visto desde tal perspectiva, cada vez se encontraba más cerca.

Primero fue la mirada, luego las cada vez más intensas vibraciones de sus palabras -inentendibles en ese momento- y luego vino el roce. Ella intentó responderle algo y el la calló de un sólo beso, uno de esos suaves que casi pasan desapercibidos en cualquier otro contexto.

Ella le miró a los ojos, el le sostuvo el cabello. Y de repente fueron el cíclope de Cortázar pero bajo la luz de la noche. Sus labios se unieron, nuevamente, sin ella tener fuerzas para hacer nada al respecto.

No fue hasta que él la sostuvo con ambas manos, le regaló la más intensa de las miradas que experimentaron esa noche y la besó, que ella tomo conciencia de lo que sucedería de no poner una pausa inmediata, por lo que se armó de valor y sacó fuerzas de quien sabe dónde para alejarse, mientras le dijo tiernamente: “cari, no” El guardó un poco de distancia, la poca que se podía sin detenerse a desenredar los cuerpos y le pidió disculpas, la acarició nuevamente y la besó en la frente, colocó -estratégicamente- una de sus manos sobre su cuerpo -aún erizado- y cambió la dirección de su cabeza, no sin antes deslizar sus dedos por el contorno de su rostro, bajando lentamente por el cuello y llegando a la frontera del pecho, bien delimitada por el inicio de la camiseta.

La otra chica, la de la derecha, disfrutaba de lo poco que podía ver de la escena pues la oscuridad era tal que con mucho esfuerzo se distinguían los cuerpos. Eran tres en la cama y había que compartir al que era sólo uno, ninguna de las dos decía nada y el, sin traza alguna de egoísmo se dividía para poder satisfacerlas a ambas.

Le vio acercarse, pero nunca pensó que el hijo de puta iría directamente a su talón de Aquiles. Pensó: “al parecer la ternura este la ha dejado en la chica del otro lado”, sin saber que a ella le tocaría el lado salvaje. Cual vampiro hambriento colocó su boca sobre el cuello desnudo, retirando los pocos flecos que se desprendían de su lisa cabellera. Descendió hasta la clavícula mientras disfrutaba el in-crecendo en la respiración y la forma en que se encendía su cuerpo.

Era un chico multitasking, de eso no quedó ninguna duda. Pues mientras la de la derecha respiraba como si hubiera salido de una maratón, la de la izquierda sentía la mano que acariciaba su espalda y que bajaba lentamente hasta el interior de sus pantalones, calentando y humedeciéndole hasta el alma. Llegaron a pensar que no eran dos manos, sino seis u ocho, algo así como un dios hindú cuyo único objetivo era bañarlas de placer.

Ella abrió los ojos y se dio cuenta de que estaba en una habitación desconocida, con una pareja. Observó que el, en el centro y bocabajo, tenía ambos brazos rodeando las cinturas, la propia y de la que al parecer había sido su compañera de aventura la noche anterior.

No entendía nada y mientras buscaba hilvanar los fragmentos de imágenes mentales que flotaban en su (aún) etílica cabeza, notó que los tres estaban desnudos, que la ropa estaba aleatoriamente distribuida por toda la habitación y que pese a la temperatura del frío invierno, los cuerpos en ella encontrados experimentaban un calor inmenso.

Sonó el despertador, rápidamente el se puso de pié, recogió su vestimenta y se despidió de ella, pues la otra aún dormía. La besó en la frente, le dio las gracias por todo.

Antes de irse, justo en la puerta, le lanzó una mirada que le dejó claro lo que el pensaba: “esto debe repetirse”.

Ese desgraciado la dejó allí, desnuda, con una desconocida, -desnuda también- y con ganas de revivir lo poco que podía recordar de esa noche.

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5 comentarios

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