Archive for the ‘África’ Category

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Etiopía · Sur · Tribu Dorze



mayo 9, 2018

Saludos saludables, por acá de nuevo para continuar poniéndote al día y contándote el resumen de lo que pasó en estas últimas semanas. En mi post anterior te dije sobre nuestra llegada al sur de Etiopía, así como que un alemán y dos dominicanas (hasta donde tenemos confirmado las únicas dos en el país, porque NADIE acabó dándome el contacto de ningún otro dominicano acá) agarraron la pista. Y claro, sobre nuestro encuentro cercano del tercer tipo con los cocodrilos e hipopótamos. Si te lo perdiste, échale un ojo en: Etiopía · Sur · Lake Chamo para que esto te haga sentido.

Ahora toca la segunda parte de este día (31/Marzo), ¡porque caramba, estos días rindieron más que el arroz blanco o una funda de coditos! Cuando salimos del restaurante nos dirigimos a la zona de la Tribu Dorze quienes (no muy lejos de la ciudad de ‘Arba Minch’) tienen su comunidad y unas interesantes casas (que según ellos imitan la forma de los elefantes) hechas de materiales 100% naturales y, sorprendentemente, algunas tienes más de un centenar de años en pie. ¿Lo más curioso? Si la temporada de lluvia afecta irreparablemente la base del hogar, ellos literalmente mueven la casa y si aún así no se soluciona el asunto: pues le cortan un pedazo a su base o.0 ¡Al parecer esta gente se toma muy en serio aquello de soltar en banda!

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La Tribu Dorze nos impresionó pues ha asumido una especie de ‘casa modelo’ y casi que un museo vivo, pues cuando llegamos nos dieron la bienvenida, nos explicaron sobre las características de las casas: su longevidad (pues algunas son centenarias), la técnica de construcción que usan: manual y valiéndose de elementos del entorno, el factor social de la reparación pues son los jóvenes y hombres de la familia los que cargan, mueven y restauran las viviendas.

Pasada la explicación del aspecto exterior de las casas, nos permitieron ingresar al interior de una. La micro entrada sirve de espacio social semi exterior y de cama para visitantes, ahí Pau y yo nos hicimos una foto y bueno, juzga con tus propios ojos las proporciones.

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Luego pasamos a un oscuro espacio común, con algunas sillas y un montón de cosas que colgaban de las paredes: instrumentos, prendas de vestir y utensilios del hogar mayoritariamente vasijas tipo higueros.

Un intenso olor a ganado aumentaba conforme nos acercabamos a la pared posterior que conecta con el espacio donde se encuentran los animales. Sí, leíste bien, dentro de la casa hay animales. ¿La razón de ubicarlos TAN cerca de la familia? ¡Mantener el calor! De hecho el espacio de los animales cuentan con una especie de hueco/ventana para poder tirar los deshechos.

Allí tomamos asiento, atendimos a la explicación de nuestro guía local de cada detalle y parte del hogar, el proceso de convivencia, el matrimonio y demás momentos de la vida familiar. Nos mostró uno de los instrumentos que más usan, el cual me evocó mi época de practicar capoeira (hacia 2007/-8) pues la forma de sostenerlo es similar a la de el toque del berimbau y nos intentó enseñar, brevemente, cómo funciona el asunto.

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Nosotros lo intentamos, ahora… No diría yo que fue la gran cosa lo que logramos que él nos respondiera ¡no!… Luego de haber conocido la casa por dentro eso pasamos a un pequeño espacio exterior donde exponen algunos de los principales componentes de su rutina y estilo de vida:

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La forma en que trabajan el algodón para producir los manojos, el cómo realizan el producto que consumen día a día, que es una especie de pan de ‘fake banana’ (entre otras cosas) que conlleva un período de fermentación de varias semanas, sino meses. Yo hice el intento de ver klk con la forma en que extraen la materia prima y te puedo decir que no es un cachú y que se saca molleros porque nada más lo hice dos minutos para ver cómo se sentía y acabé con dolor de brazos.

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Pasamos a un tipo como de community lodge que, si mal no entendí, fue creado algunos miembros ricos de la comunidad y con ayuda internacional, donde los turistas pueden alquilar las pequeñas ‘chozas’ y vivir como la gente de la tribu. Nos sentamos en uno de los espacios comunes y, luego de haber visto el cómo preparan esa especie de pan, base de su gastronomía pudimos degustarla (honestamente me evocó sabores a paja y el olor a saco / yute). Nos pusieron como ‘dip’ miel pura, que sabía extremadamente extraña y berbere (barbarí, la especia etíope de la que te hablé hace un par de posts).

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Luego nos pusieron sobre la mesa un shot de su bebida tradicional que, sin ánimos de ofender a nadie, creo que es una de las cosas más horribles que he probado en toda mi vida. Para que entiendas: esto es alcohol puro con ajo, romero, especias y otras cosas más que ni sé, ¡ni me interesa!… ¡PURO HORROR! Confieso que yo no pude tomar más que un sorbito, Paula y Roland le dieron con tó, mis respetos a ambos por su valentía y fortaleza estomacal y sus deseos de espantar a los vampiros con su aliento ajístico. Si quieres reír dale zoom a los rostros de Roland y mío, que ahora que los veo ¡son un poema! 😛

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Una vez sonados por el fuetazo que deja el sabor de esa bebida, pasamos a una zona con microtiendas (si soy optimista) o paredes que exhiben bufandas y productos locales con precios que varían desde lo regalado hasta lo ridículo y, luego de mucha observación y alguna que otra comprita nos fuimos. En la salida de la zona volvimos a pasar por chiringuitos y nos compramos unas bufandas con vibrantes colores, si me hubiera dejado llevar por las ganas nos paramos cada tres segundos… Y nos gastamos el presupuesto del viaje, por suerte mi autocontrol supera mis ganas de tener cosas chulas de los lugares que visito.

El autobus nos llevó de retorno al hotel, dejamos todos los ‘motetes’ en la habitación y nos fuimos a la zona del restaurante pues teníamos un increíble deseo colectivo de una tomarnos una cerveza fría, pero no vestida de novia pues los tres estamos claros de que eso sólo se consigue en RD y que acá no sería más que bueno… ¡una paja mental!

Y ya para terminar un extraordinario día, resulta que la luna estaba con la coquetería revolteada, así como decía aquella la canción, regalándonos no sólo su versión llena a más no poder, sino que por ser la segunda del mes, esta era también una ‘blue moon’. Ante tremendo espectáculo no quedó más que, a fuerza de pura experimentación y contorsionismo (pues no teníamos el trípode a mano y ese lente pesa más que una cadena perpetua) pude sacar esta imagen.

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Ya de nuevo paro de escribir que en el post anterior no me dijeron casi nada y ahorita ya no me está leyendo nadie porque me pasé de aburrida… ¡A saber!

Si sigues acá, pues un abrazote desde África 🙂
M.

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Etiopía · Sur · Lake Chamo

mayo 7, 2018

Saludos saludables,

Por acá quiero ponerte un chin al día y contarte lo que pasó en estas últimas semanas.

Tengo que confesar que cuando a mi me dicen me voy a ir a un lugar nuevo una de las primeras cosas que hago es googlearlo para ver ‘klk’ ¡y Etiopía no fue la excepción! En mi búsqueda salieron, entre otras cosas, las tribus del Valle del Omo (sí, se llaman así mismo como el detergente) y desde que vi las fotos quedé fascinada pues es el tipo de cosas que salen en National Geographic o Discovery Channel. Me prometí a mí misma que iría y justo ahora, algunos meses después de mi llegada y tomando como excusa mi cumpleaños, pude cumplir mi auto compromiso y mi semana aniversaria se la dediqué a conocer las tribus del sur de Etiopía y posteriormente, en una continuación de la travesía, nos dimos un salto a conocer los más históricos destinos del norte.

Y fue así como, cuando cumplí 33 (el 30 del mes 03), el nuevo año de vida me agarró de la forma que yo quería: en medio de la aventura. ¿Lo mejor? Me acompañaron dos de mis personas favoritas del mundo mundial:
· Mi medio aguacate, dígase mi esposo Roland
· Mi ami-hermana (desde hace más de 25 años) Paula Sofía Espinal, quien pasó más trabajo que un catre viejo para venir desde RD y complacerme al ser mi primer regalo de cumple y la primera persona que viene a visitarme a África.

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¿El segundo? Claramente el viaje que arrancamos casi de inmediato. La pobre Pau no acababa bien de llegar cuando se dio cuenta de que su maleta no había llegado, Murphy haciendo de las suyas para agregarle chispa al asunto. Y para colmo el plan era iniciar, prácticamente de inmediato, un trayecto de unas 8 horas en vehículo hacia la ciudad de ‘Arba Minch’ (que hasta aereopuerto tiene, pero el presupuesto no daba para avión).

Volviendo al punto…
Sí, entendiste bien: acabamos de llegar de conocer algunas de las más famosas tribus que aún existen en África y de ir a ver unas estructuras que parecen hechas por los alienígenas… y no, ¡no te estoy ‘tripiando’! Pero paso a paso y poco a poco, que hay demasiada info que procesar y compartir al punto de que casi me agobia todo lo que quiero contar (¿tiene sentido que me pase eso?).

Partamos por el SUR
Algo que debes entender es que en Etiopía existen más de 150 tribus y grupos étnicos con idiomas y estilos de vida extremadamente diferentes y es el sur del país donde se encuentran los grupos que han sido menos ‘afectados’ por la modernización y cuya realidad los deja, en buen dominicano, ‘má atrá quel’ último’, pero al mismo tiempo sin haber perdido aún del todo su autenticidad. Además de la diversidad a nivel humano, esta zona tiene regiones de magnífica diversidad tanto en la flora como en la fauna y claro, una de estas fue nuestra primera parada.

Para que te lo imagines en el calendario, Pau llegó el 30 y el 31 de marzo fue el día que oficialmente arrancamos la aventura. En la mañana nos fuimos al ‘Lago Chamo’ donde pudimos ver tanto hipopótamos como cocodrilos en su entorno natural. Toma en cuenta que cuando uso el plural no exagero: te juro que en un momento hasta me dio ‘teriquito’ el darme cuenta de que estábamos en un bote literalmente rodeados de al menos 15 cocodrilos GIGANTES y para muestra… una foto donde puedes ver un buen par.

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Lo más cool es que justo en este viaje estaba estrenando una nueva óptica para la cámara, ideal para capturar vida salvaje, lo cual me permitió disfrutar de la experiencia como si estuviera a milímetros de distancia y apreciar detalles que resultan de otra forma casi imposibles de percibir… ¡Como la cantidad de caries y sarro que tienen los cocodrilos! O sea, mira 😛

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Sí, ya sé que tienes que estar pensando que somos un trío de locos por estar tan cerca, pero al menos nosotros andábamos en un bote seguro, lo que me dejó anonadada fue ver a los pescadores que hacen kayak con árboles a pocos metros de ambos depredadores (hipos y cocods), como que no se los pueden literalmente comer de un bocado…

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Y como la vida sabe hacer de las suyas, en medio de nuestra entretenida vuelta por el inmenso lago recibimos una llamada: ya estaba acá la maleta de Pau, el único detalle es que no volveríamos a la capital hasta dentro de 6 días más… ¡Pero al menos ya había maletas!

Marichams-ETH-SUR-00-IMG-20180331-WA0001Como puedes entender, el día ya se había dado por pago y a penas estábamos a mitad planeada para la jornada.

Para colmo, cuando fuimos a comer nos encontramos nada más y nada menos que con la leyenda etíope del maratón olímpico Haile Gebrselassie y bueno, para que quedara evidencia hicimos un pequeño acto ‘groupie’ y le pedimos una foto porque ¿¡por qué no!?

Y bueno, ya paro de escribir que no quiero que te me agobies o aburras. Nos leemos pronto para seguir, ¡que hay mucho que contar!

Un abrazote desde África.
M.

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Gastronomía etíope

octubre 4, 2017

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Continuando con la serie de ‘mi cambio de vida’ y la narración de mis ‘aventuras’ en África. Quiero hablarte ahora de uno de los más importantes temas: el gastronómico. En sentido general no me puedo quejar, pues exceptuando el horrible episodio estomacal de las primeras semanas (que por suerte y gracias a la ayuda de mi cuñada fue superado), en este aspecto todo ha marchado bastante bien.

La comida en Etiopía es muy particular y sobre ella entraré en detalles más adelante, pero quiero arrancar por lo que más feliz me tiene: hay muchos productos comunes a los que están disponibles en República Dominicana. Acá he podido encontrar: guineo (banana), lechosa (papaya), tomates, pepino, lechuga, naranjas, toronja rosada (pomelo), aguacate, piña, guayaba, batata (sweet potato), limón, cebolla, ajo, pimiento morrón verde (green bell pepper), espinacas, auyama (calabaza) jengibre, oregano, miel… Y un montón de granos: lentejas (de varios colores), chícharos, habichuelas rojas (alubias)… En fin, que mi necesidad de adaptación a muchos vegetales ha sido casi nula. Por otro lado, contrario a lo que yo asumía (y que probablemente asumes tu también) ¡no hay yuca, ni plátano, ni yautía, ni ñame! En ese sentido parece que estoy en la parte equivocada del continente. Acá los víveres no son muy populares que digamos y eso lo extraño en sobre manera porque yo si que soy loca con ellos.

Un tema que mi organismo debe estar agradeciendo (pero mi persona no) es el de los lácteos. Acá no hay ni una costumbre ni una industria ‘lechera’. Si, en los supermercados venden leche pero en funditas que no me inspiran NADA de confianza, sobre todo después de escuchar como el padre de un alemán compañero de trabajo de Roland se enfermó feo porque acá no pasan la leche por el proceso UHT así que no solo todos los nutrientes, sino también TODAS las bacterias y enfermedades llegan de la vaca a tu boca o.0.

Sobre los quesos, ¿qué decir? Son un lujo… ¡Literalmente! Un trocito de parmesano puede costarte fácilmente 20 dólares y ni hablar de otros. Las únicas opciones viables son un queso local tipo gouda, llamado ‘Sholla’ y las creaciones de un italiano que nos ofrece bajo la marca ‘Cheese World’ mozzarella, queso crema, camembert, brie y ricotta a precios cuasi-aceptables. Sobre los embutidos (que aunque yo no los consumo, Roland si…) igual: no hay cultura de embutidos, los pocos locales ‘no son de calidad’ y al final 200 gramos de jamón, salami o chorizo saben costar más de 10 dólares…

No es normal que la población etíope coma cerdo y el pollo aunque mucho más común, entre algunas personas no es tan popular (Yared por ejemplo no lo come). Acá las pobres vaquitas la llevan difícil y, sobre esta carne, Roland me dice que la mayoría de la que está disponible es de viejunas cuya carne es dura y no tan jugosa (yo le creo, porque imagínate…)

Para mi dicha este país es muy religioso (nunca pensé que haría esa afirmación) y tiene múltiples días al año en el que hacen una especie de ‘ayuno’ que llaman ‘Tsom’ en el que no comen productos animales. Así que, a diferencia de otras culturas, acá entienden qué es ser vegetariano y no van a esconder un trocito de jamón, tocineta o una cucharada de manteca animal en medio de mi comida.

El día a día de la gastronomía Etíope, hasta cierto punto, puede resultar un poco monótona (al igual que la dominicana puede ser cansina para los extranjeros cuando ven todos los días repetir nuestro clásico arroz con habichuelas) pues se basa en una especie de pan/crepe/cuestión/asunto llamado ‘Injera’ y sus respectivas ‘compañas’ que suelen ser llamadas ‘Wat’. Las compañas más populares son los granos hechos a modo de estofado denso (especialmente el shiró), espinacas y carne jugosa (mayormente de vaca o pollo, como ya te aclaré arriba). Un detalle sobre esta cultura: se come con las manos. Te explico más en detalle para no liarte.

La injera (que quizá es masculina pero no me entero) viene siendo como el arroz de los dominicanos o la pasta de los italianos: está en todo. Nota al margen: pronto voy a preparar en Cultoural.com un detallado artículo para que puedas conocer más sobre este producto, base base de la gastronomía etíope.

¿Cómo se come? Normalmente se sirve en el plato un trozo de injera semi-desenrollado sobre el que se colocan los wat, que son bien jugosos. Luego se cortan con las manos trocitos de injera que se mojan en el wat o se usan para recoger los vegetales o la carne y éstos se llevan a la boca. Dato importante: se come con la mano derecha, pues en teoría la izquierda es la que se usa para temas más mundanos, como aquellos vinculados con el baño.

Otro asunto (de nuevo bueno para nuestra salud) es que en el mercado Etíope no hay mucha variedad de alimentos procesados, la mayoría son importados o hechos por dos o tres extranjeros emprendedores y por lo tanto sus precios son ‘caribes’ (muy costosos). Acá sólo hay un tipo de nachos (tortilla chips), no hay tortillas de tacos y los panes y bizcochos se destacan tanto por su ausencia como por la falta de calidad de los pocos que aparecen. Así que me he vuelto una ‘montra’ (experta) en encontrar los lugares clave donde hacen bien cada producto y en hacer muchas de las cosas que me gustan y que no he podido encontrar. Ya luego haré un post con las recetas, por si te interesa explorar. ¿Lo positivo de mi abrupta incursión en la cocina desde cero (from scratch)? Sé lo que como, sé la calidad y cantidad de los ingredientes y más que nada: mi alimentación está libre de conservantes, colorantes y demás ‘pendejadas’ que nos están robando la calidad de vida.

Algo que no puede dejar de mencionarse al hablar de la cultura gastronómica etíope son las dos bebidas más populares: el Tej (vino de miel) y el café, cuyo consumo lleva toda una ceremonia que también detallaré en Cultoural.com. Pero esos, al igual que la Injera, merecen un post individual.

Los etíopes usan especias muy intensas, siendo las dos más famosas el Berbere, que pronuncian Barbarí y que viene siendo el equivalente al curry de la India y ‘Mitmita’, que suele ser extremadamente picante. Dicho sea de paso, quiero saber ¿te interesaría/atreverías a probar un poco de Berbere?

Y bueno, hasta acá llega esta entrada, si tienes algunas dudas puedes pregunta acá debajo, sino, nos leemos en un par de días más, que toca seguir viviendo para poder seguir contando.

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La odisea de ir de compras en Addis Abeba

septiembre 25, 2017

Hay personas que disfrutan ir de compras, yo no suelo ser una de ellas.

Confieso que (en sentido general) esta actividad me aburre y que entiendo que una de las más maravillosas ventajas de mi ciudad natal (Santo Domingo, República Dominicana) es que cuenta con una amplia diversidad de centros comerciales y supermercados perfectamente equipados al punto de que bastan con ir a uno para conseguirlo prácticamente todo.

De mi tiempo en Madrid recuerdo que aún existía, aunque iba ya en decadencia, una notable segmentación en los establecimientos: la carne en la carnicería, el pan en la panadería, el pescado en la pescadería, las frutas y verduras… En fin, que había un lugar para todo. En mi ciudad no es así (al menos desde que yo tengo uso de memoria) y esta ‘falta de costumbre’ ha hecho que ir de compras en Addis Abeba sea una real, auténtica, demandante y agotadora odisea.

Si leíste mi post anterior sabes que vivo en el **** de la ciudad, de hecho hay quienes debaten (porque puristas los hay en todas partes) que mi casa no queda en Addis, lo cual significa que a menos que compre en el micro supermercado de la zona, para adquirir alimentos debo conducir al menos unos 10-15 kilómetros. ¿El problema? No sólo no existe UN sitio donde encontrarlo todo: acá son normales las intermitencias en la distribución.

Ojo, no me refiero a que los productos estacionales desaparecen cuando no es la temporada, porque eso pasa en todas partes. Nooooooo, me refiero a cosas tan elementales como que de repente no hay azúcar en toda la ciudad, que no tienes donde comprar (los botellones de) agua potable o que no tienes donde rellenar el tanque de gas.

Todo esto me había resultado hasta ahora impactante, pero ya me he hecho un mapa (mental y virtual, con la ayuda de Google) de los distintos proveedores de mi preferencia y, gracias a que nos habían advertido este tipo de situaciones, hasta ahora estábamos resolviendo con lo que habíamos traído de Alemania.

Pero lo de hoy, lo de hoy fue el colmo de los colmos [inserta acá el sonido de un largo suspiro]. El miércoles vendrán algunos amigos a casa y le dije a Roland que iría con Yared y Emebet al mercado a comprar los ingredientes que nos hacen falta, al despertarme vi un mensaje donde el se disculpaba pues se había dado cuenta de que accidentalmente se llevó el estuche donde guardamos el efectivo para los gastos de la casa, en pocas palabras por su error me había quedado sin dinero y tendría que pasar por su oficina para darle refill a la billetera.

Agrego una parada inicial en mi trayecto, me monto en el vehículo y tan solo salir de mi residencial me doy cuenta de que casi no tiene combustible. ¡GENIAL! Pensé, pero seguí adelante. Conduje hasta la oficina de mi flamante esposo, busque el susodicho dinero y me dirigí a la estación de combustibles más cercana: ¡oh sorpresa, había una fila de al menos 30 vehículos esperando! Iremos a la próxima, le dije a mis acompañantes y continué conduciendo.

El marcador del vehículo empiezó a parpadear y con él yo me iba poniendo más y más nerviosa. Este es un carro de alquiler cuyo rendimiento desconozco, por lo que es un riesgo andar con el tanque vacío. ¡GRACIAS, AMOR! Pienso con un poco de ira, pero sigo conduciendo.

La segunda y la tercera estación de combustibles estaban totalmente cerradas, sus empleados estaban sentados al frente y se entretenían rebotando a todas las almas que, como yo, estaban perdidas. En la tercera y la cuarta estación solo vendían diesel; y en la quinta y la sexta esto era lo único que quedaba. Honestamente no recuerdo cuantas veces me detuve, pero me vi en la obligación de conducir unos 10 kilómetros más allá de mi destino para finalmente encontrar una estación con una fila de unos 10 vehículos que tuviera disponible el preciado líquido.

Estoy segura de que perdí unos cuantos minutos, por no decir horas, de vida con la angustia que en mi fue creciendo con cada parada, con cada semáforo en rojo, con cada autobús que me obligaba a frenar y acelerar según le aparecían clientes, con cada estación donde me informaban la incómoda realidad.

¿Lo más cómico? Tras cada fracaso mi frustración aumentaba y Yared decía, inocentemente: “No problem, next!” a lo que yo solo podía responder: “We DO have a problem! The car will stop!!!! No gasoline, NO car, that IS a problem!!!!”. Honestamente creo que el nunca entendió las implicaciones de la situación y que estábamos a punto de quedarnos a pie… Esta vez me tomó cerca de una hora y unos 10 kilómetros encontrar combustible; la semana pasada nos tomó unas tres horas encontrar donde rellenar el tanque de gas para cocinar, más de 8 establecimientos para encontrar azúcar y más de 6 paradas para encontrar agua potable.

Cada vez me voy acostumbrando más a la vida en Addis Abeba, me voy adaptando más y mejor a su realidad, voy encontrando sus señales de desarrollo, voy descubriendo sus agradables secretos. Pero creo que nunca, NUNCA, podré entender como en una de las principales capitales de todo un continente pueden, en el siglo XXI, suceder este tipo de cosas. ¡Bienvenida a África! Me dirán algunos, mientras sonríen con macabra sinceridad y yo respiro profundo, porque no me queda de otra.

 

 

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Mi ‘sobrepoblado’ hogar

septiembre 8, 2017

Ya me han externado algunas curiosidades sobre cómo es la vida en Addis Abeba y sobre las similitudes y diferencias que he podido apreciar en relación a lo que ya conocía. Como hay que deberse al público [broma] en esta entrada me he propuesto aclarar algunas dudas al respecto.

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Lo primero que debo confesar es que mi casa es impresionante, es hermosa, los espacios denotan un buen gusto que no era evidente en ninguna de las tantas que vimos (más bien brillaba por su ausencia). La propiedad nos queda gigante, pero curiosamente era más económico vivir acá con altos niveles de lujo, por estar en la periferia de la ciudad, que vivir en el centro. Y cuando digo lujo no lo digo en broma: tenemos 4 habitaciones, 4 baños, dos cocinas, un garaje y un estudio, un patio/jardín súper amplio, un comedor y una sala de estar con un altísimo techo… ¡Esto parece de revista! Tenemos 3 balcones y mi baño (casi del tamaño de mi habitación en Santo Domingo) no sólo tiene bañera para dos con hidromasaje sino que la ducha, que también es doble, tiene radio incluido y hace las de steamer, así que desde que nos mudamos acá al menos una o dos veces a la semana este cuerpecito ñoño se ha dado su baño de vapor, una ‘limpia’ para el espíritu y la piel.

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La propietaria de la casa tenía dos empleados para el mantenimiento/seguridad y dos perras: una grande, pastor alemán y una mediana (no tengo idea de la raza). Roland y yo habíamos acordado, con un/a empleado/a era suficiente y cero mascotas. Pero luego de conocer a Yared y a Emebet nos fue imposible quitarles el trabajo. Munit, muestra casera, nos había dado un importante dato: ella confiaba en ellos plenamente al punto de que las cosas estaban cerradas con llave y ellos sabían donde estaba la llave de todo. Además, ellos habían ya sido entrenados para mantener esta casa impecable, como de catálogo, conocen absolutamente todos sus secretos, a quien llamar en caso de problemas y donde se encuentra cada cosa.

¿El tema? (por que como solemos decir: siempre hay un bendito pelo en la sopa) El idioma. Él apenas habla algunas palabras en inglés y ella no pasa de Hello y Thank you. ¿Cómo carajos podíamos vivir exitosamente y hacer que funcionara la convivencia con dos personas que hablan idiomas tan distintos a los nuestros? (el habla amárico que se escribe ‘en dibujitos’ y ella oromiña, por que es de otra zona y acá lo de los idiomas da tela de donde cortar) Lo ponderamos y al final optamos por hacer el intento, total, esto todo es una aventura y a este nivel complicarlo un poco más parecía casi ‘lo natural’. Así que mantuvimos a ambos empleados y, 6 semanas después puedo decir que fue la mejor decisión que pudimos tomar. ¡Qué personas tan dulces y serviciales! Son un par de encantos y aunque a veces queremos matarles por los problemas que vienen de los errores en la comunicación, en sentido general nos han hecho la vida más fácil, cómoda y confortable. A propósito del idioma, hemos contratado a un chico que vive en el pueblo más cercano a este residencial y que viene dos veces por semana a enseñarles inglés. Es una inversión a mediano plazo que además es un aporte al futuro de ellos. Además, al menos cada dos semanas comemos todos juntos en la mesa, ya luego les contaré el choque cultural de aquel primer día… ¡LOCURA!

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Vayamos ahora el tema mascotas… Porque si hay algo que Etiopía ha hecho, desde el principio, es cambiar TODOS los planes. Vamos, el simple hecho de estar aquí es de por si el más grande cambio que he hecho en toda mi vida, ¡sin exagerar! (No sé tu, pero yo no todos los días me mudo a África). Cuando le comentamos a uno de los compañeros de trabajo de Roland que acá había una pastor alemán el expresó con certeza que era una excelente medida de seguridad: (al parecer) es bien sabido que la mayoría de los etíopes le tienen miedo a los perros grandes y aunque acá la delincuencia es más bien baja, no está de más tomar medidas adicionales. Yo, además, tenía un punto de empatía adicional pues esta señora perruna se llama Lucy, así como mi madre y mi hermana. Así que la tipa desde el primer momento se sintió, al menos nominalmente, ‘como familia’. Ta tó… ¡nos quedamos con la perra grande!, dijimos (en esencia) y le informamos a la propietaria quien recibió la noticia con gran alegría.

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Teníamos reservado hasta el 31 de julio un pequeño apartamento/estudio en el Hotel Hilton y habíamos acordado mudarnos el 1ero de agosto, lo cual nos dejaba una noche ‘en la calle’. Le preguntamos a Munit (la casera, porfa apréndete el nombre porque no puedo andar dando explicaciones cada dos párrafos :P) si no tenía inconvenientes en que viniéramos un día antes y ella dijo que claro que no, que incluso podíamos mudarnos de inmediato sin ningún costo adicional, si no nos importaba que algunas cosas se quedaran en la casa en lo que ella las relocalizaba… Entre estas ‘cosas’ estaba Chewy, la perra mediana de raza desconocida (para mi). Nos mudamos a la casa el 21 de julio y al segundo o tercer día nos dimos cuenta de que Chewy no sólo estaba muy bien entrenada, pues se mantenía en el perímetro del patio, no fuñía prácticamente NADA y en realidad era buena onda al punto de que a veces, cuando salíamos a sentarnos en el patio, iba y nos hacía compañía. En un arranque de impulsividad Roland me preguntó: oye, ¿y si nos quedamos con esta perra también? ¡Hay que joderse! Pensé (y no recuerdo si lo dije, pero conociéndome es muy probable que la reacción fuera ‘sonora’), pero no tuve corazón para decirle que no.

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Y así fue como acabamos en una mansión de lujo, más lejos que el carajo del centro de la ciudad y viviendo con dos empleados y dos mascotas. Como dice el refranero dominicano: ¡éramos pocos y parió la abuela!

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Cambio de vida, ‘del otro lado del mundo’

agosto 3, 2017

Hace exactamente un mes aterricé en Addis Abeba, Etiopía. Curiosamente mi primera pisada en el continente africano tiene trazas de permanencia, pues el plan es tener esto como lugar de residencia por al menos dos años.

Hablemos de como llegué aquí…

Resulta que en en 2014 conocí a un hombre que me pareció extraordinario: inteligente, buenmosísimo, encantador y tan aventurero como yo (o incluso un poco más). Él se encargó de cambiar mis Nos por SÍs y de romper con mis planes y perspectivas.  En fin… Cuando la lógica me decía que ahí no había nada que buscar la química y la amistad que se formó entre nosotros me indicaba lo contrario. Quienes están conectados/as conmigo en alguna red social, sabrá que hicimos varios viajes (el hacia mi y yo hacia el) y así se consolidó una relación que, como todas aquellas que tienen la distancia de por medio, implican en tomar -en algún momento- una importante decisión: ‘either we make it, or we break it’.

Tras mucho pensar y con fallidos intentos de buscar puntos intermedios, a finales de noviembre de 2016 nos casamos. Si sí, yo, esa que juraba y perjuraba que nunca se casaría acabé firmando la hojita mágica y dejando que me pusieran un anillo en el dedo (ojo, que tras intensas negociaciones logré que fuera solo uno y no dos, porque ya aquello de andar exhibiendo por la vida un ‘peñón’ en el dedo me parece mucho con demasiado para mi). En fin, arrancamos el tedioso trámite legal con fines migratorios que implicaba dejar mi casa, mi familia, mi trabajo, mis amistades y la vida, como la conocía, para ir a reinventarme y crear una nueva vida, en pareja y en otro país. Acá debo dar una ronda de agradecimiento a mis amigos Nelo y Laura Angelina por sus consejos y advertencias respecto a este complejo proceso, los cuales me facilitaron mucho la existencia ‘a la hora del none’.

En esta temporada tuve que tomar un examen de nivel para demostrar que podría sobrevivir en alemán, lo cual se dice fácil pero no lo es; tener infinitas certificaciones, copias, cartas, documentos… Y cuando ya casi estaba finalizado el trámite legal con la Embajada Alemana, (quienes fueron extremadamente buena onda pues por mis visitas anteriores ya me conocían y tenían constancia de mi relación) Roland recibió una llamada con una propuesta que le resultó -como diría El Padrino- imposible de rechazar: era un nuevo puesto, con una significativa mejora salarial y que le abría amplias posibilidades a futuro. ¿El truco? (porque siempre hay un pelo en la sopa) El puesto era en Addis Abeba, Etiopía, África.

No voy a detallar los pormenores del estrés que vivimos en esas semanas de transición, pero sí les diré que pasaron por mi cabeza conceptos como divorcio y palabras que, de escribirlas, harían que me censuraran por vocabulario inadecuado. Creo que nunca he estado tan cerca de la ‘depresión’, o directamente en ella. Era horrible: todos mis planes parecían caerse ¡de nuevo! y ni hablar de las implicaciones de verse desvanecerse aquel marco legal por el que tenía al menos 6 meses transitando. Al final llegué a una conclusión: si todo estaba perdido, al menos lo intentaría para estar segura de que no fue por mi culpa que mi recién iniciado proyecto de vida falló. Y acá hago una pausa para agradecer a mis amadas madre y hermana por ser mi paño de lágrimas y a mis colegas y jefes en el Lux Mundi (especialmente María Antonieta y Luis) por ser, literalmente, luz en mi oscuridad.

Puse mis miedos en ‘mute’ y acepté el intentarlo, lo cual implicó, entre muchas otras cosas, hacerme una batería de vacunas que prepararan mi cuerpo para lo desconocido. Fueron al menos 10 dosis de inyecciones (siendo cauta con el número) las que invadieron este cuerpecito ñoño en las semanas siguientes. Luego ‘me mudé’ a Renania del Norte Westfalia, Alemania, donde disfrute de algunos de los encantos de la mágica ciudad Colonia y desde donde armamos lo necesario para el viaje, incluyendo, nuevamente, una infinidad de pasos burocráticos. Era como estar en medio del día de la marmota, versión historia sin fin.

Y, finalmente, en la noche del 2 de julio de 2017 me monté en un avión de Ethiopian Airlines y di el gran salto: aterrada de las posibles implicaciones negativas, pero, al mismo tiempo, con una inmensa curiosidad y atracción por lo que podría ser (en caso de salir bien).

 

Sobre mi primer mes en África

Llegamos sin casa, con equipaje limitado y con estadía en un hotel. Acá debo hacer una nota al margen: los hoteles son lo máximo para pasar unos pocos días, pero cuando superas una semana se siente la frialdad del concepto y cuando la perspectiva es indefinida, a mi, personalmente, me irrita (mucho). Nuestra agenda inicial era encontrar aquel que convertiríamos en nuestro hogar y familiarizarnos con la ciudad.

¿Cómo es esto?

¿Qué me encontré acá? Pues, honestamente, tiene mucho ‘de casa’, pero no lo es: hay caos en la conducción, hay ciudad en desarrollo, hay muchos sazones en la gastronomía y una incontable y evidente riqueza cultural…

Hay polvo y lodo en las calles, hay -sorpresivamente- manadas de animales cruzando las autopistas, hay peatones que no miran al cruzar y exponen tanto su vida como la tuya, hay un transporte público cuyos conductores son amenazas andantes y hay, en esta temporada, mucha lluvia y frío (acá estamos en invierno).

En este mes he tenido que practicar mucho mis dotes de diplomacia (agradecimientos especiales a Celinés Toribio por darme cátedra al respecto en los dos años que trabajé a su lado). No recuerdo la última vez que fui totalmente nueva en un entorno, de hecho, cuando me mudé a Madrid tenía la ventaja de haberlo visitado antes, de contar con el apoyo tanto emocional como logístico de mi hermano y de mi cuñada Laura (agradecimientos a ambos por todo lo que en su momento hicieron por mi), y de estar en un grupo de estudios de maestría donde todos éramos ‘nuevos’.

Acá sin embargo estoy llegando a una comunidad ya constituida, con lo bueno y lo malo que esto implica, con roles definidos y con un ritmo al que soy yo la que debo de adaptarme. Estoy llegando a un país desconocido, entre otras por mi sistema inmunológico el cual ha sido atacado severamente a través de ‘mis tripas’, que se volvieron mi talón de Aquiles y que me han llevado a perder más de 7 libras en catastróficos episodios que casi me llevan al hospital más de una vez (agradecimientos de nuevo a mi cuñada Laura por su paciencia y sus consejos médicos para sacarme de la crisis).

La situación residencial es extrema: o te mudas en el centro y te expones a la contaminación (ambiental y sonora) que produce una ciudad con entre 5-8 millones de habitantes, o te mudas en las afueras y tienes que recorrer largas distancias para ir a cualquier lugar. Yo me defino como una ‘city girl’ porque suelo preferir vivir en el medio del meollo, en la acción, en la diversión… Pero luego de ver lo visto, de ser testigo de como pese a las interminables lluvias la ciudad se cubría de un manto de humo por las emisiones de los vehículos y de vislumbrar el posible retorno a mi etapa asmática, me decanté por irme lejos. Además, una casa inmensa y -literalmente- con equipamiento de lujo costaba más barato en las afueras que una pequeña choza en el centro, con cuestionable gusto decorativo.

Tuvimos la suerte de encontrar una casa hermosa con la mejor propietaria del mundo mundial: una mujer encantadora y simpatiquísima que está haciendo todo lo posible por facilitar nuestra estadía y por expandir nuestro círculo. Pero la casa está lejos, en las afueras de la ciudad, a unos 20 kilómetros del centro centro (nota al margen: acá la mayoría de las distancias son largas por el tamaño de la ciudad… ¡Addis es realmente inmensa!). Esto complica nuestra existencia porque aún no ha llegado nuestro vehículo (el morenito chulo que vieron en mis redes sociales hace unos dos meses) y como solo tenemos el vehículo del trabajo de Roland, dependemos, básicamente, de la caridad de los miembros la comunidad para salir de casa y tener algo parecido a una vida social.

Luego entraré en detalles sobre mi estadía acá y trataré de retomar las publicaciones tanto en mis páginas: Quemashago.com y Cultoural.com, como en este mi descuidado blog. Claro, esto dentro de lo que me permita el precario, intermitente y medalaganario servicio de internet que se encuentra actualmente disponible en mi zona.

En resumen:

Hace un mes llegué a una Addis Abeba fría y lluviosa, la cual fue mal recibida por mi cuerpo y que ha presentado una contradicción entre avance y retroceso en cuanto a mi estilo de vida. No sé qué tanto aguante, no sé cuanto me enamore, no sé qué pasará con mi existencia… Pero acá estamos, tratando de salir airosa y sacar lo mejor de la que probablemente es mi mayor aventura hasta la fecha: un cambio de vida, del otro lado del mundo.

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