Archive for the ‘Dosis de mi cotidianidad’ Category

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¿Y cómo se agarra un gallo?

octubre 25, 2017

Por increíble que pueda parecer, nunca había agarrado un gallo antes en mi vida.
En una reciente visita a San Juan de la Maguana, pude experimentarlo por primera vez.

Si, tenía miedo de ser víctima de un picotazo, ¡por suerte no lo fui! Acá comparto el videito…

Y si, puedes reírte de mi… (yo lo estoy haciendo)

 

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La odisea de ir de compras en Addis Abeba

septiembre 25, 2017

Hay personas que disfrutan ir de compras, yo no suelo ser una de ellas.

Confieso que (en sentido general) esta actividad me aburre y que entiendo que una de las más maravillosas ventajas de mi ciudad natal (Santo Domingo, República Dominicana) es que cuenta con una amplia diversidad de centros comerciales y supermercados perfectamente equipados al punto de que bastan con ir a uno para conseguirlo prácticamente todo.

De mi tiempo en Madrid recuerdo que aún existía, aunque iba ya en decadencia, una notable segmentación en los establecimientos: la carne en la carnicería, el pan en la panadería, el pescado en la pescadería, las frutas y verduras… En fin, que había un lugar para todo. En mi ciudad no es así (al menos desde que yo tengo uso de memoria) y esta ‘falta de costumbre’ ha hecho que ir de compras en Addis Abeba sea una real, auténtica, demandante y agotadora odisea.

Si leíste mi post anterior sabes que vivo en el **** de la ciudad, de hecho hay quienes debaten (porque puristas los hay en todas partes) que mi casa no queda en Addis, lo cual significa que a menos que compre en el micro supermercado de la zona, para adquirir alimentos debo conducir al menos unos 10-15 kilómetros. ¿El problema? No sólo no existe UN sitio donde encontrarlo todo: acá son normales las intermitencias en la distribución.

Ojo, no me refiero a que los productos estacionales desaparecen cuando no es la temporada, porque eso pasa en todas partes. Nooooooo, me refiero a cosas tan elementales como que de repente no hay azúcar en toda la ciudad, que no tienes donde comprar (los botellones de) agua potable o que no tienes donde rellenar el tanque de gas.

Todo esto me había resultado hasta ahora impactante, pero ya me he hecho un mapa (mental y virtual, con la ayuda de Google) de los distintos proveedores de mi preferencia y, gracias a que nos habían advertido este tipo de situaciones, hasta ahora estábamos resolviendo con lo que habíamos traído de Alemania.

Pero lo de hoy, lo de hoy fue el colmo de los colmos [inserta acá el sonido de un largo suspiro]. El miércoles vendrán algunos amigos a casa y le dije a Roland que iría con Yared y Emebet al mercado a comprar los ingredientes que nos hacen falta, al despertarme vi un mensaje donde el se disculpaba pues se había dado cuenta de que accidentalmente se llevó el estuche donde guardamos el efectivo para los gastos de la casa, en pocas palabras por su error me había quedado sin dinero y tendría que pasar por su oficina para darle refill a la billetera.

Agrego una parada inicial en mi trayecto, me monto en el vehículo y tan solo salir de mi residencial me doy cuenta de que casi no tiene combustible. ¡GENIAL! Pensé, pero seguí adelante. Conduje hasta la oficina de mi flamante esposo, busque el susodicho dinero y me dirigí a la estación de combustibles más cercana: ¡oh sorpresa, había una fila de al menos 30 vehículos esperando! Iremos a la próxima, le dije a mis acompañantes y continué conduciendo.

El marcador del vehículo empiezó a parpadear y con él yo me iba poniendo más y más nerviosa. Este es un carro de alquiler cuyo rendimiento desconozco, por lo que es un riesgo andar con el tanque vacío. ¡GRACIAS, AMOR! Pienso con un poco de ira, pero sigo conduciendo.

La segunda y la tercera estación de combustibles estaban totalmente cerradas, sus empleados estaban sentados al frente y se entretenían rebotando a todas las almas que, como yo, estaban perdidas. En la tercera y la cuarta estación solo vendían diesel; y en la quinta y la sexta esto era lo único que quedaba. Honestamente no recuerdo cuantas veces me detuve, pero me vi en la obligación de conducir unos 10 kilómetros más allá de mi destino para finalmente encontrar una estación con una fila de unos 10 vehículos que tuviera disponible el preciado líquido.

Estoy segura de que perdí unos cuantos minutos, por no decir horas, de vida con la angustia que en mi fue creciendo con cada parada, con cada semáforo en rojo, con cada autobús que me obligaba a frenar y acelerar según le aparecían clientes, con cada estación donde me informaban la incómoda realidad.

¿Lo más cómico? Tras cada fracaso mi frustración aumentaba y Yared decía, inocentemente: “No problem, next!” a lo que yo solo podía responder: “We DO have a problem! The car will stop!!!! No gasoline, NO car, that IS a problem!!!!”. Honestamente creo que el nunca entendió las implicaciones de la situación y que estábamos a punto de quedarnos a pie… Esta vez me tomó cerca de una hora y unos 10 kilómetros encontrar combustible; la semana pasada nos tomó unas tres horas encontrar donde rellenar el tanque de gas para cocinar, más de 8 establecimientos para encontrar azúcar y más de 6 paradas para encontrar agua potable.

Cada vez me voy acostumbrando más a la vida en Addis Abeba, me voy adaptando más y mejor a su realidad, voy encontrando sus señales de desarrollo, voy descubriendo sus agradables secretos. Pero creo que nunca, NUNCA, podré entender como en una de las principales capitales de todo un continente pueden, en el siglo XXI, suceder este tipo de cosas. ¡Bienvenida a África! Me dirán algunos, mientras sonríen con macabra sinceridad y yo respiro profundo, porque no me queda de otra.

 

 

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Mi ‘sobrepoblado’ hogar

septiembre 8, 2017

Ya me han externado algunas curiosidades sobre cómo es la vida en Addis Abeba y sobre las similitudes y diferencias que he podido apreciar en relación a lo que ya conocía. Como hay que deberse al público [broma] en esta entrada me he propuesto aclarar algunas dudas al respecto.

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Lo primero que debo confesar es que mi casa es impresionante, es hermosa, los espacios denotan un buen gusto que no era evidente en ninguna de las tantas que vimos (más bien brillaba por su ausencia). La propiedad nos queda gigante, pero curiosamente era más económico vivir acá con altos niveles de lujo, por estar en la periferia de la ciudad, que vivir en el centro. Y cuando digo lujo no lo digo en broma: tenemos 4 habitaciones, 4 baños, dos cocinas, un garaje y un estudio, un patio/jardín súper amplio, un comedor y una sala de estar con un altísimo techo… ¡Esto parece de revista! Tenemos 3 balcones y mi baño (casi del tamaño de mi habitación en Santo Domingo) no sólo tiene bañera para dos con hidromasaje sino que la ducha, que también es doble, tiene radio incluido y hace las de steamer, así que desde que nos mudamos acá al menos una o dos veces a la semana este cuerpecito ñoño se ha dado su baño de vapor, una ‘limpia’ para el espíritu y la piel.

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La propietaria de la casa tenía dos empleados para el mantenimiento/seguridad y dos perras: una grande, pastor alemán y una mediana (no tengo idea de la raza). Roland y yo habíamos acordado, con un/a empleado/a era suficiente y cero mascotas. Pero luego de conocer a Yared y a Emebet nos fue imposible quitarles el trabajo. Munit, muestra casera, nos había dado un importante dato: ella confiaba en ellos plenamente al punto de que las cosas estaban cerradas con llave y ellos sabían donde estaba la llave de todo. Además, ellos habían ya sido entrenados para mantener esta casa impecable, como de catálogo, conocen absolutamente todos sus secretos, a quien llamar en caso de problemas y donde se encuentra cada cosa.

¿El tema? (por que como solemos decir: siempre hay un bendito pelo en la sopa) El idioma. Él apenas habla algunas palabras en inglés y ella no pasa de Hello y Thank you. ¿Cómo carajos podíamos vivir exitosamente y hacer que funcionara la convivencia con dos personas que hablan idiomas tan distintos a los nuestros? (el habla amárico que se escribe ‘en dibujitos’ y ella oromiña, por que es de otra zona y acá lo de los idiomas da tela de donde cortar) Lo ponderamos y al final optamos por hacer el intento, total, esto todo es una aventura y a este nivel complicarlo un poco más parecía casi ‘lo natural’. Así que mantuvimos a ambos empleados y, 6 semanas después puedo decir que fue la mejor decisión que pudimos tomar. ¡Qué personas tan dulces y serviciales! Son un par de encantos y aunque a veces queremos matarles por los problemas que vienen de los errores en la comunicación, en sentido general nos han hecho la vida más fácil, cómoda y confortable. A propósito del idioma, hemos contratado a un chico que vive en el pueblo más cercano a este residencial y que viene dos veces por semana a enseñarles inglés. Es una inversión a mediano plazo que además es un aporte al futuro de ellos. Además, al menos cada dos semanas comemos todos juntos en la mesa, ya luego les contaré el choque cultural de aquel primer día… ¡LOCURA!

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Vayamos ahora el tema mascotas… Porque si hay algo que Etiopía ha hecho, desde el principio, es cambiar TODOS los planes. Vamos, el simple hecho de estar aquí es de por si el más grande cambio que he hecho en toda mi vida, ¡sin exagerar! (No sé tu, pero yo no todos los días me mudo a África). Cuando le comentamos a uno de los compañeros de trabajo de Roland que acá había una pastor alemán el expresó con certeza que era una excelente medida de seguridad: (al parecer) es bien sabido que la mayoría de los etíopes le tienen miedo a los perros grandes y aunque acá la delincuencia es más bien baja, no está de más tomar medidas adicionales. Yo, además, tenía un punto de empatía adicional pues esta señora perruna se llama Lucy, así como mi madre y mi hermana. Así que la tipa desde el primer momento se sintió, al menos nominalmente, ‘como familia’. Ta tó… ¡nos quedamos con la perra grande!, dijimos (en esencia) y le informamos a la propietaria quien recibió la noticia con gran alegría.

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Teníamos reservado hasta el 31 de julio un pequeño apartamento/estudio en el Hotel Hilton y habíamos acordado mudarnos el 1ero de agosto, lo cual nos dejaba una noche ‘en la calle’. Le preguntamos a Munit (la casera, porfa apréndete el nombre porque no puedo andar dando explicaciones cada dos párrafos :P) si no tenía inconvenientes en que viniéramos un día antes y ella dijo que claro que no, que incluso podíamos mudarnos de inmediato sin ningún costo adicional, si no nos importaba que algunas cosas se quedaran en la casa en lo que ella las relocalizaba… Entre estas ‘cosas’ estaba Chewy, la perra mediana de raza desconocida (para mi). Nos mudamos a la casa el 21 de julio y al segundo o tercer día nos dimos cuenta de que Chewy no sólo estaba muy bien entrenada, pues se mantenía en el perímetro del patio, no fuñía prácticamente NADA y en realidad era buena onda al punto de que a veces, cuando salíamos a sentarnos en el patio, iba y nos hacía compañía. En un arranque de impulsividad Roland me preguntó: oye, ¿y si nos quedamos con esta perra también? ¡Hay que joderse! Pensé (y no recuerdo si lo dije, pero conociéndome es muy probable que la reacción fuera ‘sonora’), pero no tuve corazón para decirle que no.

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Y así fue como acabamos en una mansión de lujo, más lejos que el carajo del centro de la ciudad y viviendo con dos empleados y dos mascotas. Como dice el refranero dominicano: ¡éramos pocos y parió la abuela!

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Cambio de vida, ‘del otro lado del mundo’

agosto 3, 2017

Hace exactamente un mes aterricé en Addis Abeba, Etiopía. Curiosamente mi primera pisada en el continente africano tiene trazas de permanencia, pues el plan es tener esto como lugar de residencia por al menos dos años.

Hablemos de como llegué aquí…

Resulta que en en 2014 conocí a un hombre que me pareció extraordinario: inteligente, buenmosísimo, encantador y tan aventurero como yo (o incluso un poco más). Él se encargó de cambiar mis Nos por SÍs y de romper con mis planes y perspectivas.  En fin… Cuando la lógica me decía que ahí no había nada que buscar la química y la amistad que se formó entre nosotros me indicaba lo contrario. Quienes están conectados/as conmigo en alguna red social, sabrá que hicimos varios viajes (el hacia mi y yo hacia el) y así se consolidó una relación que, como todas aquellas que tienen la distancia de por medio, implican en tomar -en algún momento- una importante decisión: ‘either we make it, or we break it’.

Tras mucho pensar y con fallidos intentos de buscar puntos intermedios, a finales de noviembre de 2016 nos casamos. Si sí, yo, esa que juraba y perjuraba que nunca se casaría acabé firmando la hojita mágica y dejando que me pusieran un anillo en el dedo (ojo, que tras intensas negociaciones logré que fuera solo uno y no dos, porque ya aquello de andar exhibiendo por la vida un ‘peñón’ en el dedo me parece mucho con demasiado para mi). En fin, arrancamos el tedioso trámite legal con fines migratorios que implicaba dejar mi casa, mi familia, mi trabajo, mis amistades y la vida, como la conocía, para ir a reinventarme y crear una nueva vida, en pareja y en otro país. Acá debo dar una ronda de agradecimiento a mis amigos Nelo y Laura Angelina por sus consejos y advertencias respecto a este complejo proceso, los cuales me facilitaron mucho la existencia ‘a la hora del none’.

En esta temporada tuve que tomar un examen de nivel para demostrar que podría sobrevivir en alemán, lo cual se dice fácil pero no lo es; tener infinitas certificaciones, copias, cartas, documentos… Y cuando ya casi estaba finalizado el trámite legal con la Embajada Alemana, (quienes fueron extremadamente buena onda pues por mis visitas anteriores ya me conocían y tenían constancia de mi relación) Roland recibió una llamada con una propuesta que le resultó -como diría El Padrino- imposible de rechazar: era un nuevo puesto, con una significativa mejora salarial y que le abría amplias posibilidades a futuro. ¿El truco? (porque siempre hay un pelo en la sopa) El puesto era en Addis Abeba, Etiopía, África.

No voy a detallar los pormenores del estrés que vivimos en esas semanas de transición, pero sí les diré que pasaron por mi cabeza conceptos como divorcio y palabras que, de escribirlas, harían que me censuraran por vocabulario inadecuado. Creo que nunca he estado tan cerca de la ‘depresión’, o directamente en ella. Era horrible: todos mis planes parecían caerse ¡de nuevo! y ni hablar de las implicaciones de verse desvanecerse aquel marco legal por el que tenía al menos 6 meses transitando. Al final llegué a una conclusión: si todo estaba perdido, al menos lo intentaría para estar segura de que no fue por mi culpa que mi recién iniciado proyecto de vida falló. Y acá hago una pausa para agradecer a mis amadas madre y hermana por ser mi paño de lágrimas y a mis colegas y jefes en el Lux Mundi (especialmente María Antonieta y Luis) por ser, literalmente, luz en mi oscuridad.

Puse mis miedos en ‘mute’ y acepté el intentarlo, lo cual implicó, entre muchas otras cosas, hacerme una batería de vacunas que prepararan mi cuerpo para lo desconocido. Fueron al menos 10 dosis de inyecciones (siendo cauta con el número) las que invadieron este cuerpecito ñoño en las semanas siguientes. Luego ‘me mudé’ a Renania del Norte Westfalia, Alemania, donde disfrute de algunos de los encantos de la mágica ciudad Colonia y desde donde armamos lo necesario para el viaje, incluyendo, nuevamente, una infinidad de pasos burocráticos. Era como estar en medio del día de la marmota, versión historia sin fin.

Y, finalmente, en la noche del 2 de julio de 2017 me monté en un avión de Ethiopian Airlines y di el gran salto: aterrada de las posibles implicaciones negativas, pero, al mismo tiempo, con una inmensa curiosidad y atracción por lo que podría ser (en caso de salir bien).

 

Sobre mi primer mes en África

Llegamos sin casa, con equipaje limitado y con estadía en un hotel. Acá debo hacer una nota al margen: los hoteles son lo máximo para pasar unos pocos días, pero cuando superas una semana se siente la frialdad del concepto y cuando la perspectiva es indefinida, a mi, personalmente, me irrita (mucho). Nuestra agenda inicial era encontrar aquel que convertiríamos en nuestro hogar y familiarizarnos con la ciudad.

¿Cómo es esto?

¿Qué me encontré acá? Pues, honestamente, tiene mucho ‘de casa’, pero no lo es: hay caos en la conducción, hay ciudad en desarrollo, hay muchos sazones en la gastronomía y una incontable y evidente riqueza cultural…

Hay polvo y lodo en las calles, hay -sorpresivamente- manadas de animales cruzando las autopistas, hay peatones que no miran al cruzar y exponen tanto su vida como la tuya, hay un transporte público cuyos conductores son amenazas andantes y hay, en esta temporada, mucha lluvia y frío (acá estamos en invierno).

En este mes he tenido que practicar mucho mis dotes de diplomacia (agradecimientos especiales a Celinés Toribio por darme cátedra al respecto en los dos años que trabajé a su lado). No recuerdo la última vez que fui totalmente nueva en un entorno, de hecho, cuando me mudé a Madrid tenía la ventaja de haberlo visitado antes, de contar con el apoyo tanto emocional como logístico de mi hermano y de mi cuñada Laura (agradecimientos a ambos por todo lo que en su momento hicieron por mi), y de estar en un grupo de estudios de maestría donde todos éramos ‘nuevos’.

Acá sin embargo estoy llegando a una comunidad ya constituida, con lo bueno y lo malo que esto implica, con roles definidos y con un ritmo al que soy yo la que debo de adaptarme. Estoy llegando a un país desconocido, entre otras por mi sistema inmunológico el cual ha sido atacado severamente a través de ‘mis tripas’, que se volvieron mi talón de Aquiles y que me han llevado a perder más de 7 libras en catastróficos episodios que casi me llevan al hospital más de una vez (agradecimientos de nuevo a mi cuñada Laura por su paciencia y sus consejos médicos para sacarme de la crisis).

La situación residencial es extrema: o te mudas en el centro y te expones a la contaminación (ambiental y sonora) que produce una ciudad con entre 5-8 millones de habitantes, o te mudas en las afueras y tienes que recorrer largas distancias para ir a cualquier lugar. Yo me defino como una ‘city girl’ porque suelo preferir vivir en el medio del meollo, en la acción, en la diversión… Pero luego de ver lo visto, de ser testigo de como pese a las interminables lluvias la ciudad se cubría de un manto de humo por las emisiones de los vehículos y de vislumbrar el posible retorno a mi etapa asmática, me decanté por irme lejos. Además, una casa inmensa y -literalmente- con equipamiento de lujo costaba más barato en las afueras que una pequeña choza en el centro, con cuestionable gusto decorativo.

Tuvimos la suerte de encontrar una casa hermosa con la mejor propietaria del mundo mundial: una mujer encantadora y simpatiquísima que está haciendo todo lo posible por facilitar nuestra estadía y por expandir nuestro círculo. Pero la casa está lejos, en las afueras de la ciudad, a unos 20 kilómetros del centro centro (nota al margen: acá la mayoría de las distancias son largas por el tamaño de la ciudad… ¡Addis es realmente inmensa!). Esto complica nuestra existencia porque aún no ha llegado nuestro vehículo (el morenito chulo que vieron en mis redes sociales hace unos dos meses) y como solo tenemos el vehículo del trabajo de Roland, dependemos, básicamente, de la caridad de los miembros la comunidad para salir de casa y tener algo parecido a una vida social.

Luego entraré en detalles sobre mi estadía acá y trataré de retomar las publicaciones tanto en mis páginas: Quemashago.com y Cultoural.com, como en este mi descuidado blog. Claro, esto dentro de lo que me permita el precario, intermitente y medalaganario servicio de internet que se encuentra actualmente disponible en mi zona.

En resumen:

Hace un mes llegué a una Addis Abeba fría y lluviosa, la cual fue mal recibida por mi cuerpo y que ha presentado una contradicción entre avance y retroceso en cuanto a mi estilo de vida. No sé qué tanto aguante, no sé cuanto me enamore, no sé qué pasará con mi existencia… Pero acá estamos, tratando de salir airosa y sacar lo mejor de la que probablemente es mi mayor aventura hasta la fecha: un cambio de vida, del otro lado del mundo.

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Un 2014 viajao’ y bien vivío’

octubre 1, 2014

Dicen por ahí que aquellos que salen a caminar con una maleta justo al iniciar el nuevo año, tendrán viajes en su futuro.

Featured image En la madrugada del primero de enero opté por llevar a cabo esta tradición dominicana que me parecía tonta pero divertida, lo hice por bromear y bueno, realmente tras tres años de trabajo intenso y valía la pena ponerme como meta del año despertar mi espíritu aventurero, así que bajé con mis sobrinos, una maleta pequeña y caminé por la calle. Recuerdo que unos vecinos hasta nos señalaron y se rieron, fue algo gracioso, caminamos un poco y subimos nuevamente.

Ya tenía un viaje agendado en enero y al menos otros dos en febrero, pero a sólo de un mes de hacer hecho este ritual sin-sentido llegó a mi vida una oportunidad un tanto surreal: una colega periodista me pedía que le hiciera el favor de irme todo pago a cubrir una certificación turística a un destino local. Este primer viaje fue el trampolín que me abrió las puertas de un mundo que desconocía y que sólo veía en la tv: el de las ventajas de la comunicación turística.

Gracias a distintos factores (mis artículos y fotos en Quemashago.com, la integración con el grupo, la alineación de astros y la bendición de los dioses antiguos y modernos) las invitaciones continuaron y hoy que inicia el último trimestre del año puedo afirmar que NUNCA en mi vida he viajado tanto como en el 2014.

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Es fácil creer que exagero al hacer esta afirmación pero sin lugar a dudas estoy despidiendo la década de los veinte de la mejor forma y para los incrédulos creo que basta sólo con mirar la lista de los viajes que hice en cada mes:

Enero: Palmar de Ocoa, Azua *** Febrero: Palmar de Ocoa, Azua · La Vega · Jarabacoa · Contanza · Espaillat · Puerto Plata *** Marzo: Samaná · Bávaro · Bayahibe · Barahona *** Abril: Hato Mayor *** Mayo: Cabarete, Puerto Plata *** Junio: Salinas, Baní · Barahona · Pedernales · Anses-a-Pitres, Haití · Palmar de Ocoa, Azua *** Julio: Barahona *** Agosto: Monte Plata *** Septiembre: Santiago · Elías Piña · Dajabón · Montecristi · Puerto Plata · Barahona

Me pregunto que tendrán para mi los próximos tres meses… El panorama es más que alentador y sin dudas aquello salir con la maleta se convertirá en una tradición inquebrantable. Algunos le llamarán conducta supersticiosa, otros visualización de metas, para mi es sólo una forma divertida de iniciar el nuevo año con objetivos claros y prioridades sobre lo que deseo.

En el 2014 he sido feliz descubriendo, comunicando, creando vínculos con personas, organizaciones y lugares. Cada viaje ha traído aprendizajes, cambios y experiencias que sin dudas van aportando a mi vida tanto personal como profesional. Amo viajar, amo conocer y amo poder ver hacia atrás con una sonrisa y decir, ¡que dicha la mía!

Y tu, ¿cómo recibes el último cuarto del 2014?¿Ya estás ready para ponerle punto final a este año? ¡Aún tienes tiempo de hacerlo digno para el recuerdo!

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Utopías nómadas

mayo 18, 2014

Así como es difícil perderse cuando la identidad la asumes por dentro, es fácil pendular cuando las raíces no te atan.

Entonces descubres que flotas, como quien es etéreo, aceptas tu alma nómada y más que buscar el norte buscas la aventura. No puedes sentarte a esperar a que te pase la vida sin antes jugar a soñarte cambiando. Caminas cual crío travieso sobre rutas ‘sin sentido’ que terminan llevandote justo a donde hubieras querido llegar si te lo hubieras propuesto.

Sonríes y sigues andando pues aunque no tienes de idea del destino, cuentas con la utópica ilusión de que siempre todo saldrá bien, ¡por que así será!

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Mi crisis de ignorancia

abril 17, 2014

Hay momentos en la vida en que uno se percata de su propia ignorancia y no puede más que sentirse pequeño/a e impotente…

A mi (y entiendo que a todo el mundo igual) me sucede generalmente mientras exploro o descubro nuevos temas ante los cuales no puedo más que ‘mirar al vacío’ y pensar ¡hay tanto que leer, conocer y estudiar que no me dará esta vida para poder con todo!

Me inundan sentimientos de culpa: “si hubiera hecho más caso en el colegio”, sentimientos de responsabilidad: “si hubiera continuado tales estudios”o “si no hubiera dejado de leer en aquella etapa…”, sentimientos de impotencia: “nunca podré saber lo suficiente”, sentimientos de inferioridad: “debería tener más cultura general”  y al final acabo sumergida en una quasi crisis y un pequeño ataque de pánico que enciende sobre mi el inmenso y luminoso rótulo de “IGNORANTE”.

Con el corazón a millón y el ego por el inframundo hago un esfuerzo por detener el proceso mental y emocional que me va paralizando. Es entonces cuando me surge una idea: oye pero, ¡al menos tengo conciencia de mi ignorancia, habrá quien ni se percate de que hay vida más allá de su campo de visión!

Llegan a mi la frase de “sólo sé que no sé nada” y la infinidad de voces que me han tildado de loca de remate cuando digo que no sólo quiero hacer un doctorado, sino terminar de aprender al menos dos o tres idiomas más y luego poder estudiar con calma y detenimiento cosas que me apasionen. ¿Te piensas pasar la vida estudiando? Me han sabido decir por ahí como pretendiendo hacerme sentir culpable al afirmarlo.

No han pasado ni 10 minutos de este torbellino nocturno para que acabe sonriendo, porque, además de mi ignoracia me pude percatar de otra cosa: si algo sembraron en mi mis padres y maestros fue la semilla de la duda y la sed del conocimiento.

¡Pasó la tormenta! Me siento agradecida, mi corazón vuelve a la calma, se queda la paz en mi rostro, me siento más tranquila y entonces, continúo descubriendo.

SI, lo sé, a estas alturas debes estar pensando que soy una dramática y que pienso de más pero ¿sabes qué? ¡Así es que suceden las cosas en mi cabeza!

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