Posts Tagged ‘Confesiones’

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La odisea de ir de compras en Addis Abeba

septiembre 25, 2017

Hay personas que disfrutan ir de compras, yo no suelo ser una de ellas.

Confieso que (en sentido general) esta actividad me aburre y que entiendo que una de las más maravillosas ventajas de mi ciudad natal (Santo Domingo, República Dominicana) es que cuenta con una amplia diversidad de centros comerciales y supermercados perfectamente equipados al punto de que bastan con ir a uno para conseguirlo prácticamente todo.

De mi tiempo en Madrid recuerdo que aún existía, aunque iba ya en decadencia, una notable segmentación en los establecimientos: la carne en la carnicería, el pan en la panadería, el pescado en la pescadería, las frutas y verduras… En fin, que había un lugar para todo. En mi ciudad no es así (al menos desde que yo tengo uso de memoria) y esta ‘falta de costumbre’ ha hecho que ir de compras en Addis Abeba sea una real, auténtica, demandante y agotadora odisea.

Si leíste mi post anterior sabes que vivo en el **** de la ciudad, de hecho hay quienes debaten (porque puristas los hay en todas partes) que mi casa no queda en Addis, lo cual significa que a menos que compre en el micro supermercado de la zona, para adquirir alimentos debo conducir al menos unos 10-15 kilómetros. ¿El problema? No sólo no existe UN sitio donde encontrarlo todo: acá son normales las intermitencias en la distribución.

Ojo, no me refiero a que los productos estacionales desaparecen cuando no es la temporada, porque eso pasa en todas partes. Nooooooo, me refiero a cosas tan elementales como que de repente no hay azúcar en toda la ciudad, que no tienes donde comprar (los botellones de) agua potable o que no tienes donde rellenar el tanque de gas.

Todo esto me había resultado hasta ahora impactante, pero ya me he hecho un mapa (mental y virtual, con la ayuda de Google) de los distintos proveedores de mi preferencia y, gracias a que nos habían advertido este tipo de situaciones, hasta ahora estábamos resolviendo con lo que habíamos traído de Alemania.

Pero lo de hoy, lo de hoy fue el colmo de los colmos [inserta acá el sonido de un largo suspiro]. El miércoles vendrán algunos amigos a casa y le dije a Roland que iría con Yared y Emebet al mercado a comprar los ingredientes que nos hacen falta, al despertarme vi un mensaje donde el se disculpaba pues se había dado cuenta de que accidentalmente se llevó el estuche donde guardamos el efectivo para los gastos de la casa, en pocas palabras por su error me había quedado sin dinero y tendría que pasar por su oficina para darle refill a la billetera.

Agrego una parada inicial en mi trayecto, me monto en el vehículo y tan solo salir de mi residencial me doy cuenta de que casi no tiene combustible. ¡GENIAL! Pensé, pero seguí adelante. Conduje hasta la oficina de mi flamante esposo, busque el susodicho dinero y me dirigí a la estación de combustibles más cercana: ¡oh sorpresa, había una fila de al menos 30 vehículos esperando! Iremos a la próxima, le dije a mis acompañantes y continué conduciendo.

El marcador del vehículo empiezó a parpadear y con él yo me iba poniendo más y más nerviosa. Este es un carro de alquiler cuyo rendimiento desconozco, por lo que es un riesgo andar con el tanque vacío. ¡GRACIAS, AMOR! Pienso con un poco de ira, pero sigo conduciendo.

La segunda y la tercera estación de combustibles estaban totalmente cerradas, sus empleados estaban sentados al frente y se entretenían rebotando a todas las almas que, como yo, estaban perdidas. En la tercera y la cuarta estación solo vendían diesel; y en la quinta y la sexta esto era lo único que quedaba. Honestamente no recuerdo cuantas veces me detuve, pero me vi en la obligación de conducir unos 10 kilómetros más allá de mi destino para finalmente encontrar una estación con una fila de unos 10 vehículos que tuviera disponible el preciado líquido.

Estoy segura de que perdí unos cuantos minutos, por no decir horas, de vida con la angustia que en mi fue creciendo con cada parada, con cada semáforo en rojo, con cada autobús que me obligaba a frenar y acelerar según le aparecían clientes, con cada estación donde me informaban la incómoda realidad.

¿Lo más cómico? Tras cada fracaso mi frustración aumentaba y Yared decía, inocentemente: “No problem, next!” a lo que yo solo podía responder: “We DO have a problem! The car will stop!!!! No gasoline, NO car, that IS a problem!!!!”. Honestamente creo que el nunca entendió las implicaciones de la situación y que estábamos a punto de quedarnos a pie… Esta vez me tomó cerca de una hora y unos 10 kilómetros encontrar combustible; la semana pasada nos tomó unas tres horas encontrar donde rellenar el tanque de gas para cocinar, más de 8 establecimientos para encontrar azúcar y más de 6 paradas para encontrar agua potable.

Cada vez me voy acostumbrando más a la vida en Addis Abeba, me voy adaptando más y mejor a su realidad, voy encontrando sus señales de desarrollo, voy descubriendo sus agradables secretos. Pero creo que nunca, NUNCA, podré entender como en una de las principales capitales de todo un continente pueden, en el siglo XXI, suceder este tipo de cosas. ¡Bienvenida a África! Me dirán algunos, mientras sonríen con macabra sinceridad y yo respiro profundo, porque no me queda de otra.

 

 

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Mi ‘sobrepoblado’ hogar

septiembre 8, 2017

Ya me han externado algunas curiosidades sobre cómo es la vida en Addis Abeba y sobre las similitudes y diferencias que he podido apreciar en relación a lo que ya conocía. Como hay que deberse al público [broma] en esta entrada me he propuesto aclarar algunas dudas al respecto.

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Lo primero que debo confesar es que mi casa es impresionante, es hermosa, los espacios denotan un buen gusto que no era evidente en ninguna de las tantas que vimos (más bien brillaba por su ausencia). La propiedad nos queda gigante, pero curiosamente era más económico vivir acá con altos niveles de lujo, por estar en la periferia de la ciudad, que vivir en el centro. Y cuando digo lujo no lo digo en broma: tenemos 4 habitaciones, 4 baños, dos cocinas, un garaje y un estudio, un patio/jardín súper amplio, un comedor y una sala de estar con un altísimo techo… ¡Esto parece de revista! Tenemos 3 balcones y mi baño (casi del tamaño de mi habitación en Santo Domingo) no sólo tiene bañera para dos con hidromasaje sino que la ducha, que también es doble, tiene radio incluido y hace las de steamer, así que desde que nos mudamos acá al menos una o dos veces a la semana este cuerpecito ñoño se ha dado su baño de vapor, una ‘limpia’ para el espíritu y la piel.

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La propietaria de la casa tenía dos empleados para el mantenimiento/seguridad y dos perras: una grande, pastor alemán y una mediana (no tengo idea de la raza). Roland y yo habíamos acordado, con un/a empleado/a era suficiente y cero mascotas. Pero luego de conocer a Yared y a Emebet nos fue imposible quitarles el trabajo. Munit, muestra casera, nos había dado un importante dato: ella confiaba en ellos plenamente al punto de que las cosas estaban cerradas con llave y ellos sabían donde estaba la llave de todo. Además, ellos habían ya sido entrenados para mantener esta casa impecable, como de catálogo, conocen absolutamente todos sus secretos, a quien llamar en caso de problemas y donde se encuentra cada cosa.

¿El tema? (por que como solemos decir: siempre hay un bendito pelo en la sopa) El idioma. Él apenas habla algunas palabras en inglés y ella no pasa de Hello y Thank you. ¿Cómo carajos podíamos vivir exitosamente y hacer que funcionara la convivencia con dos personas que hablan idiomas tan distintos a los nuestros? (el habla amárico que se escribe ‘en dibujitos’ y ella oromiña, por que es de otra zona y acá lo de los idiomas da tela de donde cortar) Lo ponderamos y al final optamos por hacer el intento, total, esto todo es una aventura y a este nivel complicarlo un poco más parecía casi ‘lo natural’. Así que mantuvimos a ambos empleados y, 6 semanas después puedo decir que fue la mejor decisión que pudimos tomar. ¡Qué personas tan dulces y serviciales! Son un par de encantos y aunque a veces queremos matarles por los problemas que vienen de los errores en la comunicación, en sentido general nos han hecho la vida más fácil, cómoda y confortable. A propósito del idioma, hemos contratado a un chico que vive en el pueblo más cercano a este residencial y que viene dos veces por semana a enseñarles inglés. Es una inversión a mediano plazo que además es un aporte al futuro de ellos. Además, al menos cada dos semanas comemos todos juntos en la mesa, ya luego les contaré el choque cultural de aquel primer día… ¡LOCURA!

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Vayamos ahora el tema mascotas… Porque si hay algo que Etiopía ha hecho, desde el principio, es cambiar TODOS los planes. Vamos, el simple hecho de estar aquí es de por si el más grande cambio que he hecho en toda mi vida, ¡sin exagerar! (No sé tu, pero yo no todos los días me mudo a África). Cuando le comentamos a uno de los compañeros de trabajo de Roland que acá había una pastor alemán el expresó con certeza que era una excelente medida de seguridad: (al parecer) es bien sabido que la mayoría de los etíopes le tienen miedo a los perros grandes y aunque acá la delincuencia es más bien baja, no está de más tomar medidas adicionales. Yo, además, tenía un punto de empatía adicional pues esta señora perruna se llama Lucy, así como mi madre y mi hermana. Así que la tipa desde el primer momento se sintió, al menos nominalmente, ‘como familia’. Ta tó… ¡nos quedamos con la perra grande!, dijimos (en esencia) y le informamos a la propietaria quien recibió la noticia con gran alegría.

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Teníamos reservado hasta el 31 de julio un pequeño apartamento/estudio en el Hotel Hilton y habíamos acordado mudarnos el 1ero de agosto, lo cual nos dejaba una noche ‘en la calle’. Le preguntamos a Munit (la casera, porfa apréndete el nombre porque no puedo andar dando explicaciones cada dos párrafos :P) si no tenía inconvenientes en que viniéramos un día antes y ella dijo que claro que no, que incluso podíamos mudarnos de inmediato sin ningún costo adicional, si no nos importaba que algunas cosas se quedaran en la casa en lo que ella las relocalizaba… Entre estas ‘cosas’ estaba Chewy, la perra mediana de raza desconocida (para mi). Nos mudamos a la casa el 21 de julio y al segundo o tercer día nos dimos cuenta de que Chewy no sólo estaba muy bien entrenada, pues se mantenía en el perímetro del patio, no fuñía prácticamente NADA y en realidad era buena onda al punto de que a veces, cuando salíamos a sentarnos en el patio, iba y nos hacía compañía. En un arranque de impulsividad Roland me preguntó: oye, ¿y si nos quedamos con esta perra también? ¡Hay que joderse! Pensé (y no recuerdo si lo dije, pero conociéndome es muy probable que la reacción fuera ‘sonora’), pero no tuve corazón para decirle que no.

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Y así fue como acabamos en una mansión de lujo, más lejos que el carajo del centro de la ciudad y viviendo con dos empleados y dos mascotas. Como dice el refranero dominicano: ¡éramos pocos y parió la abuela!

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Cambio de vida, ‘del otro lado del mundo’

agosto 3, 2017

Hace exactamente un mes aterricé en Addis Abeba, Etiopía. Curiosamente mi primera pisada en el continente africano tiene trazas de permanencia, pues el plan es tener esto como lugar de residencia por al menos dos años.

Hablemos de como llegué aquí…

Resulta que en en 2014 conocí a un hombre que me pareció extraordinario: inteligente, buenmosísimo, encantador y tan aventurero como yo (o incluso un poco más). Él se encargó de cambiar mis Nos por SÍs y de romper con mis planes y perspectivas.  En fin… Cuando la lógica me decía que ahí no había nada que buscar la química y la amistad que se formó entre nosotros me indicaba lo contrario. Quienes están conectados/as conmigo en alguna red social, sabrá que hicimos varios viajes (el hacia mi y yo hacia el) y así se consolidó una relación que, como todas aquellas que tienen la distancia de por medio, implican en tomar -en algún momento- una importante decisión: ‘either we make it, or we break it’.

Tras mucho pensar y con fallidos intentos de buscar puntos intermedios, a finales de noviembre de 2016 nos casamos. Si sí, yo, esa que juraba y perjuraba que nunca se casaría acabé firmando la hojita mágica y dejando que me pusieran un anillo en el dedo (ojo, que tras intensas negociaciones logré que fuera solo uno y no dos, porque ya aquello de andar exhibiendo por la vida un ‘peñón’ en el dedo me parece mucho con demasiado para mi). En fin, arrancamos el tedioso trámite legal con fines migratorios que implicaba dejar mi casa, mi familia, mi trabajo, mis amistades y la vida, como la conocía, para ir a reinventarme y crear una nueva vida, en pareja y en otro país. Acá debo dar una ronda de agradecimiento a mis amigos Nelo y Laura Angelina por sus consejos y advertencias respecto a este complejo proceso, los cuales me facilitaron mucho la existencia ‘a la hora del none’.

En esta temporada tuve que tomar un examen de nivel para demostrar que podría sobrevivir en alemán, lo cual se dice fácil pero no lo es; tener infinitas certificaciones, copias, cartas, documentos… Y cuando ya casi estaba finalizado el trámite legal con la Embajada Alemana, (quienes fueron extremadamente buena onda pues por mis visitas anteriores ya me conocían y tenían constancia de mi relación) Roland recibió una llamada con una propuesta que le resultó -como diría El Padrino- imposible de rechazar: era un nuevo puesto, con una significativa mejora salarial y que le abría amplias posibilidades a futuro. ¿El truco? (porque siempre hay un pelo en la sopa) El puesto era en Addis Abeba, Etiopía, África.

No voy a detallar los pormenores del estrés que vivimos en esas semanas de transición, pero sí les diré que pasaron por mi cabeza conceptos como divorcio y palabras que, de escribirlas, harían que me censuraran por vocabulario inadecuado. Creo que nunca he estado tan cerca de la ‘depresión’, o directamente en ella. Era horrible: todos mis planes parecían caerse ¡de nuevo! y ni hablar de las implicaciones de verse desvanecerse aquel marco legal por el que tenía al menos 6 meses transitando. Al final llegué a una conclusión: si todo estaba perdido, al menos lo intentaría para estar segura de que no fue por mi culpa que mi recién iniciado proyecto de vida falló. Y acá hago una pausa para agradecer a mis amadas madre y hermana por ser mi paño de lágrimas y a mis colegas y jefes en el Lux Mundi (especialmente María Antonieta y Luis) por ser, literalmente, luz en mi oscuridad.

Puse mis miedos en ‘mute’ y acepté el intentarlo, lo cual implicó, entre muchas otras cosas, hacerme una batería de vacunas que prepararan mi cuerpo para lo desconocido. Fueron al menos 10 dosis de inyecciones (siendo cauta con el número) las que invadieron este cuerpecito ñoño en las semanas siguientes. Luego ‘me mudé’ a Renania del Norte Westfalia, Alemania, donde disfrute de algunos de los encantos de la mágica ciudad Colonia y desde donde armamos lo necesario para el viaje, incluyendo, nuevamente, una infinidad de pasos burocráticos. Era como estar en medio del día de la marmota, versión historia sin fin.

Y, finalmente, en la noche del 2 de julio de 2017 me monté en un avión de Ethiopian Airlines y di el gran salto: aterrada de las posibles implicaciones negativas, pero, al mismo tiempo, con una inmensa curiosidad y atracción por lo que podría ser (en caso de salir bien).

 

Sobre mi primer mes en África

Llegamos sin casa, con equipaje limitado y con estadía en un hotel. Acá debo hacer una nota al margen: los hoteles son lo máximo para pasar unos pocos días, pero cuando superas una semana se siente la frialdad del concepto y cuando la perspectiva es indefinida, a mi, personalmente, me irrita (mucho). Nuestra agenda inicial era encontrar aquel que convertiríamos en nuestro hogar y familiarizarnos con la ciudad.

¿Cómo es esto?

¿Qué me encontré acá? Pues, honestamente, tiene mucho ‘de casa’, pero no lo es: hay caos en la conducción, hay ciudad en desarrollo, hay muchos sazones en la gastronomía y una incontable y evidente riqueza cultural…

Hay polvo y lodo en las calles, hay -sorpresivamente- manadas de animales cruzando las autopistas, hay peatones que no miran al cruzar y exponen tanto su vida como la tuya, hay un transporte público cuyos conductores son amenazas andantes y hay, en esta temporada, mucha lluvia y frío (acá estamos en invierno).

En este mes he tenido que practicar mucho mis dotes de diplomacia (agradecimientos especiales a Celinés Toribio por darme cátedra al respecto en los dos años que trabajé a su lado). No recuerdo la última vez que fui totalmente nueva en un entorno, de hecho, cuando me mudé a Madrid tenía la ventaja de haberlo visitado antes, de contar con el apoyo tanto emocional como logístico de mi hermano y de mi cuñada Laura (agradecimientos a ambos por todo lo que en su momento hicieron por mi), y de estar en un grupo de estudios de maestría donde todos éramos ‘nuevos’.

Acá sin embargo estoy llegando a una comunidad ya constituida, con lo bueno y lo malo que esto implica, con roles definidos y con un ritmo al que soy yo la que debo de adaptarme. Estoy llegando a un país desconocido, entre otras por mi sistema inmunológico el cual ha sido atacado severamente a través de ‘mis tripas’, que se volvieron mi talón de Aquiles y que me han llevado a perder más de 7 libras en catastróficos episodios que casi me llevan al hospital más de una vez (agradecimientos de nuevo a mi cuñada Laura por su paciencia y sus consejos médicos para sacarme de la crisis).

La situación residencial es extrema: o te mudas en el centro y te expones a la contaminación (ambiental y sonora) que produce una ciudad con entre 5-8 millones de habitantes, o te mudas en las afueras y tienes que recorrer largas distancias para ir a cualquier lugar. Yo me defino como una ‘city girl’ porque suelo preferir vivir en el medio del meollo, en la acción, en la diversión… Pero luego de ver lo visto, de ser testigo de como pese a las interminables lluvias la ciudad se cubría de un manto de humo por las emisiones de los vehículos y de vislumbrar el posible retorno a mi etapa asmática, me decanté por irme lejos. Además, una casa inmensa y -literalmente- con equipamiento de lujo costaba más barato en las afueras que una pequeña choza en el centro, con cuestionable gusto decorativo.

Tuvimos la suerte de encontrar una casa hermosa con la mejor propietaria del mundo mundial: una mujer encantadora y simpatiquísima que está haciendo todo lo posible por facilitar nuestra estadía y por expandir nuestro círculo. Pero la casa está lejos, en las afueras de la ciudad, a unos 20 kilómetros del centro centro (nota al margen: acá la mayoría de las distancias son largas por el tamaño de la ciudad… ¡Addis es realmente inmensa!). Esto complica nuestra existencia porque aún no ha llegado nuestro vehículo (el morenito chulo que vieron en mis redes sociales hace unos dos meses) y como solo tenemos el vehículo del trabajo de Roland, dependemos, básicamente, de la caridad de los miembros la comunidad para salir de casa y tener algo parecido a una vida social.

Luego entraré en detalles sobre mi estadía acá y trataré de retomar las publicaciones tanto en mis páginas: Quemashago.com y Cultoural.com, como en este mi descuidado blog. Claro, esto dentro de lo que me permita el precario, intermitente y medalaganario servicio de internet que se encuentra actualmente disponible en mi zona.

En resumen:

Hace un mes llegué a una Addis Abeba fría y lluviosa, la cual fue mal recibida por mi cuerpo y que ha presentado una contradicción entre avance y retroceso en cuanto a mi estilo de vida. No sé qué tanto aguante, no sé cuanto me enamore, no sé qué pasará con mi existencia… Pero acá estamos, tratando de salir airosa y sacar lo mejor de la que probablemente es mi mayor aventura hasta la fecha: un cambio de vida, del otro lado del mundo.

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Confesiones de una profe de fotografía

febrero 6, 2014

Ayer me di cuenta de que estoy siendo “víctima” de algo. Soy la profesora de fotografía de un curioso grupo de adolescentes de 9no / 1ero de bachillerato.

En el primer ciclo me concentré mucho en llevar a cabo un programa perfecto, cargado de teoría y un tanto rígido. Los niños aprendieron, pero no disfrutaron la asignatura tanto como la disfruté yo. En el segundo ciclo (actual) opté por cambiar un poco, dejar que se involucraran más en la clase y hacer que ellos mismos fueran participando con exposiciones que posteriormente complemento. En cierto modo siento que no estoy dándoles todo el peso teórico que me gustaría, pero luego recuerdo que son estudiantes de bachillerato y no de doctorado… Y ayer, tras una pequeña sesión de preguntas para retroalimentarme me di cuenta de algo: El resultado está trascendiendo mis expectativas.

Ken Robinson dijo en una de sus ponencias de Ted: “If you can light the spark of curiosity in a child, they will learn without any further assistance” y creo que esto es justo lo que me está sucediendo. Los niños están asumiendo como propios los movimientos artísticos que influyeron en la historia de la fotografía, se les escucha decir cosas como “me gusta más tal movimiento por que el blanco y negro tan intensos son más impactantes”, refiriéndose a los altos contrastes o “me choca como las formas se pierden y ya no sabemos de qué es la foto”, hablando de las abstracciones.

Es impresionante como tan solo entrar al aula me vuelan arriba con sus teléfonos móviles para enseñarme las fotos que han tomado en el transcurso de la semana y para que les diga qué pienso y como mejorarlas. Es hermoso como algunos llegan y antes que nada se justifican con argumentos como “si profe, sé que debí buscar tal o cual ángulo pero no podía por…”. Me emocioné mucho el día que un estudiante llegó con una foto de punto de vista y plano totalmente distinto y me dijo: “es que era diferente y quería transmitir algo diferente”.

Mis alumnitos no terminarán de este año escolar siendo fotógrafos, de eso estoy segura. Pero si tendrán (al menos por un par de días) la llama de la curiosidad encendida y las ganas de crear despertadas. Esos niños están rompiendo sus propias limitaciones (¡profe yo no sé tirar fotos! o ¡yo no soy creativa!) y están llevando la clase a un nivel que yo, sinceramente, no esperaba alcanzar.

Confieso en que ya van varios días en que termino casi llorando de la emoción con una sonrisa más grande que mi cuerpo porque pocas cosas se sienten tan bien, como ser responsable de despertar la pasión en alguien… That my dears, is the purest happiness!

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Mi cuarta abuelita

abril 15, 2012

La mayoría de la gente tiene dos abuelas, ya saben las que vienen en el plan básico de vida, la madre de tu padre y la de tu madre. Muchos apenas conocen a una y con esa tienen que “resolver” (fue mi caso con el tema de los abuelitos) pero yo, a diferencia de casi todos tuve dicha de tener no dos ni tres, sino cuatro. Eran totalmente distintas en casi todos los aspectos: sociales, económicos, físicos, históricos, geográficos, pero todas eran mías de mi propiedad.

Comencemos por definir qué es una abuela.
Fuera de lo que dice la RAE, y entrando en percepción personal abuela es aquella señora mayor que está en tu vida desde que eras una semillita en la tripa de tu madre, que te cargó cuando niña y te vio crecer hasta donde la vida se lo permitió, que te regañaba e intentó (probablemente lograndolo) sacar los dientes de mala manera.
Esa que cocinaba buenísimo y que siempre quería que comieras hasta explotar, la que tenía un plato especial que aunque un chef condecorado intentara copiar no lograría encontrar jamás el ingrediente secreto: ese amor especial que le ponían.
Generalmente bordaba y cuando sus ojos o manos no permitieron que continuara haciéndolo se encargó de que otro lo hiciera por ella. Siempre peleaba porque todo estuviera perfecto y probablemente te caía detrás mientras caminabas por su casa haciendo quien sabe qué historia que debía comenzar con un “érase una vez”.
Sus olores eran peculiares pero siempre característicos, pues si se dan cuenta las abuelitas la mayoría de las veces huelen bien.

Como te contaba la vida me permitió disfrutar de cuatro de esta especie: Lilia, la madre de mi madre; Nena, la madre de mi padre; María Santana la nana de mi madre; y Mama Niña, mi antigua vecina de la infancia, educadora en mi colegio, que se encargó de alfabetizarme.
Si hoy escribo -y hay quienes me dicen disfrutar la forma en que lo hago- es por culpa de esa última señora, que todas las mañanas en horario escolar hacía las de profesora y en las tardes hacía las de abuela y se sentaba conmigo a “leer”.

Lo triste de las abuelitas es que suelen irse pronto en nuestras vidas.
La primera en dejarme fue María y ¡jamás he vuelto a comer una crema de habichuelas TAN deliciosa! Luego se fue “abuelita” (Lilia) y ya nadie me caía detrás para cerciorarse de si había cenado o quería un juguito de naranja recién exprimido. Luego se fue Nena, la que vivía en “los nuevayores”, que hacía unas tortas dulces de maíz espectaculares y las segundas habichuelas más sabrosas del mundo. Y hoy se ha ido Mamá Niña, la que más me había durado y cuya llamada amorosa era tan fija cada 30 de marzo como mi visita a su casa los 24 de diciembre.

Ya no tengo más abuelitas, ya ninguna viejita adorable esperará con ansias mi vista e iluminará sus ojos al verme llegar. Ya no volveré a esuchar a nadie más decime “mi nietecita adorada”. Es raro esto pues si bien fue fabuloso tenerlas a las cuatro en mi vida, he tenido también el doble de sufrimiento que la gente normal pues a las cuatro -desde hace unos 10 años y hasta el día de hoy- he tenido que decirles hasta siempre.

Allá donde se reunen todos los muertos tiene que estarse comiendo muy bien y limpiando mucho, porque entre mis cuatro abuelas seguro que tienen a ángeles, arcangeles y demás entes celestiales moviendo cosas, reorganizándolas y comiendo el verdadero alimento divino.

Consejo:
Si tienes una abuelita o abuelito en vida por favor no seas tonto/a, suelta todo y ve, dale amor y deja que te cuente (aunque sea por vez 800) una historia de su vida. De veras, confía en mi, el día que no le tengas, deserás haberle disfrutado más.

Acá les dejo una foto de hace unos tres o cuatro años con Mama Niña, mi viejita amada,aquella que hoy aceptó la invitación de las otras tres.

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El trauma de estar de vuelta a mi Alma Mater

febrero 7, 2012

Hoy fui a mi Alma Mater porque estoy gestionando nuevamente los documentos de la finalización de mis estudios de grado.

Siempre que uno va a un lugar en el que vivió fuertes emociones y largos períodos de tiempo se encuentra con esa extraña e indefinible sensación.
En mi caso se multiplica en su escuela de idiomas fue que hice mi educación lingüística y porque mi padre siempre trabajó en la universidad de la que soy egresada. Dígase que no sólo pasé allí mis inicios profesionales sino también gran parte de mi infancia y adolescencia (¡Oh aquellas mañanas sábados estudiando inglés y los lunes/miércoles de italiano!).

Encontrarse con los cambios en la infraestructura es lo clásico, pero cuando se llega a los cambios de procesos es que se lía el asunto. Ingenua al fin hice mi fila, delante mío habían unas cuatro personas que duraron una eternidad en sus respectivos turnos. Conforme “comía boca” y me entrometía en las gestiones ajenas me sentía más y más vieja. La primera persona era de nuevo ingreso, dígase sería matrícula 2012, la siguiente era 2010, había una 2009 y una 2008 que parecía que había tenido una vida difícil (estaba un tanto “deteriorada”).

Al llegar mi turno y preguntarme mi matrícula fue que me di cuenta de que ya no era aquella chavalita universitaria, ¡estamos en el 2012 y mi matrícula es 2003! Hace casi 10 años que entré a aquella institución…
Fue estando trastocada por el redescubrimiento de mi “juventud acumulada” que me enteré de que hay que hacer la gestión vía internet y ¡sorpresa! dada la “antiguedad” de mi matrícula tenía antes que pedir una nueva asignación de contraseña porque ya ni siquiera estaba en el sistema la mía. Una vez con ella hacer la solicitud online, pasar por caja y luego volver a hacer la fila donde todo inició.

A estas alturas ya me sentía un dinosaurio, cual viejita de cabello blanco y andador en un banco a la que le dicen que debe retirar su dinero por el cajero automático en vez de vía un representante.

A fin de cuentas hasta llegué tarde a una reunión, porque el proceso será muy moderno, muy moderno, pero de práctico nanai y perdí al menos media hora más de lo previsto.

De mi reencuentro con mi alma mater salí pensando en como el tiempo pasa -sin lugar en dudas no en vano- tan puntual como es de esperarse, démonos o no cuenta y como los años pasan gústenos o no.

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Cuando la nostalgia te puede

noviembre 15, 2011

Estaba revisando un artículo que tenía a medias desde hace meses, uno que no me había atrevido a terminar por miedo a que no captara la verdadera esencia de mi aventura, el de mi mochileo por Lisboa, ese maravilloso viaje en compañía de Jessica Mercedes que marcó el inicio de mis 25 años de vida.

De repente me llené de la magia que había vivido, de las ganas de volver hacerlo y ante la imposibildad evidente me abrí en llanto. La nostalgia me pudo y me dejó llorando cual magdalena al recordarme la -muchas veces triste- realidad en la que nací: soy isleña, lo único que tengo a mi lado es el mar. Y es hermoso, lo amo, lo necesito, lo pensaba cada día de mis casi tres años madrileños, pero caramba como extraño el saber que tras mis fronteras hay tierras que descubrir, así como una infinidad de aventuras presupuestariamente posibles.

Cuando las limitantes económicas y geográficas son más fuertes que tu sed de vivencias y conocimientos, lo único que te queda es sentarte en la cama, sola, y dejar que la nostalgia se manifieste en lágrimas que emanan de las puertas de tu alma.

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