Posts Tagged ‘cotidianidades’

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Gastronomía etíope

octubre 4, 2017

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Continuando con la serie de ‘mi cambio de vida’ y la narración de mis ‘aventuras’ en África. Quiero hablarte ahora de uno de los más importantes temas: el gastronómico. En sentido general no me puedo quejar, pues exceptuando el horrible episodio estomacal de las primeras semanas (que por suerte y gracias a la ayuda de mi cuñada fue superado), en este aspecto todo ha marchado bastante bien.

La comida en Etiopía es muy particular y sobre ella entraré en detalles más adelante, pero quiero arrancar por lo que más feliz me tiene: hay muchos productos comunes a los que están disponibles en República Dominicana. Acá he podido encontrar: guineo (banana), lechosa (papaya), tomates, pepino, lechuga, naranjas, toronja rosada (pomelo), aguacate, piña, guayaba, batata (sweet potato), limón, cebolla, ajo, pimiento morrón verde (green bell pepper), espinacas, auyama (calabaza) jengibre, oregano, miel… Y un montón de granos: lentejas (de varios colores), chícharos, habichuelas rojas (alubias)… En fin, que mi necesidad de adaptación a muchos vegetales ha sido casi nula. Por otro lado, contrario a lo que yo asumía (y que probablemente asumes tu también) ¡no hay yuca, ni plátano, ni yautía, ni ñame! En ese sentido parece que estoy en la parte equivocada del continente. Acá los víveres no son muy populares que digamos y eso lo extraño en sobre manera porque yo si que soy loca con ellos.

Un tema que mi organismo debe estar agradeciendo (pero mi persona no) es el de los lácteos. Acá no hay ni una costumbre ni una industria ‘lechera’. Si, en los supermercados venden leche pero en funditas que no me inspiran NADA de confianza, sobre todo después de escuchar como el padre de un alemán compañero de trabajo de Roland se enfermó feo porque acá no pasan la leche por el proceso UHT así que no solo todos los nutrientes, sino también TODAS las bacterias y enfermedades llegan de la vaca a tu boca o.0.

Sobre los quesos, ¿qué decir? Son un lujo… ¡Literalmente! Un trocito de parmesano puede costarte fácilmente 20 dólares y ni hablar de otros. Las únicas opciones viables son un queso local tipo gouda, llamado ‘Sholla’ y las creaciones de un italiano que nos ofrece bajo la marca ‘Cheese World’ mozzarella, queso crema, camembert, brie y ricotta a precios cuasi-aceptables. Sobre los embutidos (que aunque yo no los consumo, Roland si…) igual: no hay cultura de embutidos, los pocos locales ‘no son de calidad’ y al final 200 gramos de jamón, salami o chorizo saben costar más de 10 dólares…

No es normal que la población etíope coma cerdo y el pollo aunque mucho más común, entre algunas personas no es tan popular (Yared por ejemplo no lo come). Acá las pobres vaquitas la llevan difícil y, sobre esta carne, Roland me dice que la mayoría de la que está disponible es de viejunas cuya carne es dura y no tan jugosa (yo le creo, porque imagínate…)

Para mi dicha este país es muy religioso (nunca pensé que haría esa afirmación) y tiene múltiples días al año en el que hacen una especie de ‘ayuno’ que llaman ‘Tsom’ en el que no comen productos animales. Así que, a diferencia de otras culturas, acá entienden qué es ser vegetariano y no van a esconder un trocito de jamón, tocineta o una cucharada de manteca animal en medio de mi comida.

El día a día de la gastronomía Etíope, hasta cierto punto, puede resultar un poco monótona (al igual que la dominicana puede ser cansina para los extranjeros cuando ven todos los días repetir nuestro clásico arroz con habichuelas) pues se basa en una especie de pan/crepe/cuestión/asunto llamado ‘Injera’ y sus respectivas ‘compañas’ que suelen ser llamadas ‘Wat’. Las compañas más populares son los granos hechos a modo de estofado denso (especialmente el shiró), espinacas y carne jugosa (mayormente de vaca o pollo, como ya te aclaré arriba). Un detalle sobre esta cultura: se come con las manos. Te explico más en detalle para no liarte.

La injera (que quizá es masculina pero no me entero) viene siendo como el arroz de los dominicanos o la pasta de los italianos: está en todo. Nota al margen: pronto voy a preparar en Cultoural.com un detallado artículo para que puedas conocer más sobre este producto, base base de la gastronomía etíope.

¿Cómo se come? Normalmente se sirve en el plato un trozo de injera semi-desenrollado sobre el que se colocan los wat, que son bien jugosos. Luego se cortan con las manos trocitos de injera que se mojan en el wat o se usan para recoger los vegetales o la carne y éstos se llevan a la boca. Dato importante: se come con la mano derecha, pues en teoría la izquierda es la que se usa para temas más mundanos, como aquellos vinculados con el baño.

Otro asunto (de nuevo bueno para nuestra salud) es que en el mercado Etíope no hay mucha variedad de alimentos procesados, la mayoría son importados o hechos por dos o tres extranjeros emprendedores y por lo tanto sus precios son ‘caribes’ (muy costosos). Acá sólo hay un tipo de nachos (tortilla chips), no hay tortillas de tacos y los panes y bizcochos se destacan tanto por su ausencia como por la falta de calidad de los pocos que aparecen. Así que me he vuelto una ‘montra’ (experta) en encontrar los lugares clave donde hacen bien cada producto y en hacer muchas de las cosas que me gustan y que no he podido encontrar. Ya luego haré un post con las recetas, por si te interesa explorar. ¿Lo positivo de mi abrupta incursión en la cocina desde cero (from scratch)? Sé lo que como, sé la calidad y cantidad de los ingredientes y más que nada: mi alimentación está libre de conservantes, colorantes y demás ‘pendejadas’ que nos están robando la calidad de vida.

Algo que no puede dejar de mencionarse al hablar de la cultura gastronómica etíope son las dos bebidas más populares: el Tej (vino de miel) y el café, cuyo consumo lleva toda una ceremonia que también detallaré en Cultoural.com. Pero esos, al igual que la Injera, merecen un post individual.

Los etíopes usan especias muy intensas, siendo las dos más famosas el Berbere, que pronuncian Barbarí y que viene siendo el equivalente al curry de la India y ‘Mitmita’, que suele ser extremadamente picante. Dicho sea de paso, quiero saber ¿te interesaría/atreverías a probar un poco de Berbere?

Y bueno, hasta acá llega esta entrada, si tienes algunas dudas puedes pregunta acá debajo, sino, nos leemos en un par de días más, que toca seguir viviendo para poder seguir contando.

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La odisea de ir de compras en Addis Abeba

septiembre 25, 2017

Hay personas que disfrutan ir de compras, yo no suelo ser una de ellas.

Confieso que (en sentido general) esta actividad me aburre y que entiendo que una de las más maravillosas ventajas de mi ciudad natal (Santo Domingo, República Dominicana) es que cuenta con una amplia diversidad de centros comerciales y supermercados perfectamente equipados al punto de que bastan con ir a uno para conseguirlo prácticamente todo.

De mi tiempo en Madrid recuerdo que aún existía, aunque iba ya en decadencia, una notable segmentación en los establecimientos: la carne en la carnicería, el pan en la panadería, el pescado en la pescadería, las frutas y verduras… En fin, que había un lugar para todo. En mi ciudad no es así (al menos desde que yo tengo uso de memoria) y esta ‘falta de costumbre’ ha hecho que ir de compras en Addis Abeba sea una real, auténtica, demandante y agotadora odisea.

Si leíste mi post anterior sabes que vivo en el **** de la ciudad, de hecho hay quienes debaten (porque puristas los hay en todas partes) que mi casa no queda en Addis, lo cual significa que a menos que compre en el micro supermercado de la zona, para adquirir alimentos debo conducir al menos unos 10-15 kilómetros. ¿El problema? No sólo no existe UN sitio donde encontrarlo todo: acá son normales las intermitencias en la distribución.

Ojo, no me refiero a que los productos estacionales desaparecen cuando no es la temporada, porque eso pasa en todas partes. Nooooooo, me refiero a cosas tan elementales como que de repente no hay azúcar en toda la ciudad, que no tienes donde comprar (los botellones de) agua potable o que no tienes donde rellenar el tanque de gas.

Todo esto me había resultado hasta ahora impactante, pero ya me he hecho un mapa (mental y virtual, con la ayuda de Google) de los distintos proveedores de mi preferencia y, gracias a que nos habían advertido este tipo de situaciones, hasta ahora estábamos resolviendo con lo que habíamos traído de Alemania.

Pero lo de hoy, lo de hoy fue el colmo de los colmos [inserta acá el sonido de un largo suspiro]. El miércoles vendrán algunos amigos a casa y le dije a Roland que iría con Yared y Emebet al mercado a comprar los ingredientes que nos hacen falta, al despertarme vi un mensaje donde el se disculpaba pues se había dado cuenta de que accidentalmente se llevó el estuche donde guardamos el efectivo para los gastos de la casa, en pocas palabras por su error me había quedado sin dinero y tendría que pasar por su oficina para darle refill a la billetera.

Agrego una parada inicial en mi trayecto, me monto en el vehículo y tan solo salir de mi residencial me doy cuenta de que casi no tiene combustible. ¡GENIAL! Pensé, pero seguí adelante. Conduje hasta la oficina de mi flamante esposo, busque el susodicho dinero y me dirigí a la estación de combustibles más cercana: ¡oh sorpresa, había una fila de al menos 30 vehículos esperando! Iremos a la próxima, le dije a mis acompañantes y continué conduciendo.

El marcador del vehículo empiezó a parpadear y con él yo me iba poniendo más y más nerviosa. Este es un carro de alquiler cuyo rendimiento desconozco, por lo que es un riesgo andar con el tanque vacío. ¡GRACIAS, AMOR! Pienso con un poco de ira, pero sigo conduciendo.

La segunda y la tercera estación de combustibles estaban totalmente cerradas, sus empleados estaban sentados al frente y se entretenían rebotando a todas las almas que, como yo, estaban perdidas. En la tercera y la cuarta estación solo vendían diesel; y en la quinta y la sexta esto era lo único que quedaba. Honestamente no recuerdo cuantas veces me detuve, pero me vi en la obligación de conducir unos 10 kilómetros más allá de mi destino para finalmente encontrar una estación con una fila de unos 10 vehículos que tuviera disponible el preciado líquido.

Estoy segura de que perdí unos cuantos minutos, por no decir horas, de vida con la angustia que en mi fue creciendo con cada parada, con cada semáforo en rojo, con cada autobús que me obligaba a frenar y acelerar según le aparecían clientes, con cada estación donde me informaban la incómoda realidad.

¿Lo más cómico? Tras cada fracaso mi frustración aumentaba y Yared decía, inocentemente: “No problem, next!” a lo que yo solo podía responder: “We DO have a problem! The car will stop!!!! No gasoline, NO car, that IS a problem!!!!”. Honestamente creo que el nunca entendió las implicaciones de la situación y que estábamos a punto de quedarnos a pie… Esta vez me tomó cerca de una hora y unos 10 kilómetros encontrar combustible; la semana pasada nos tomó unas tres horas encontrar donde rellenar el tanque de gas para cocinar, más de 8 establecimientos para encontrar azúcar y más de 6 paradas para encontrar agua potable.

Cada vez me voy acostumbrando más a la vida en Addis Abeba, me voy adaptando más y mejor a su realidad, voy encontrando sus señales de desarrollo, voy descubriendo sus agradables secretos. Pero creo que nunca, NUNCA, podré entender como en una de las principales capitales de todo un continente pueden, en el siglo XXI, suceder este tipo de cosas. ¡Bienvenida a África! Me dirán algunos, mientras sonríen con macabra sinceridad y yo respiro profundo, porque no me queda de otra.

 

 

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Cambio de vida, ‘del otro lado del mundo’

agosto 3, 2017

Hace exactamente un mes aterricé en Addis Abeba, Etiopía. Curiosamente mi primera pisada en el continente africano tiene trazas de permanencia, pues el plan es tener esto como lugar de residencia por al menos dos años.

Hablemos de como llegué aquí…

Resulta que en en 2014 conocí a un hombre que me pareció extraordinario: inteligente, buenmosísimo, encantador y tan aventurero como yo (o incluso un poco más). Él se encargó de cambiar mis Nos por SÍs y de romper con mis planes y perspectivas.  En fin… Cuando la lógica me decía que ahí no había nada que buscar la química y la amistad que se formó entre nosotros me indicaba lo contrario. Quienes están conectados/as conmigo en alguna red social, sabrá que hicimos varios viajes (el hacia mi y yo hacia el) y así se consolidó una relación que, como todas aquellas que tienen la distancia de por medio, implican en tomar -en algún momento- una importante decisión: ‘either we make it, or we break it’.

Tras mucho pensar y con fallidos intentos de buscar puntos intermedios, a finales de noviembre de 2016 nos casamos. Si sí, yo, esa que juraba y perjuraba que nunca se casaría acabé firmando la hojita mágica y dejando que me pusieran un anillo en el dedo (ojo, que tras intensas negociaciones logré que fuera solo uno y no dos, porque ya aquello de andar exhibiendo por la vida un ‘peñón’ en el dedo me parece mucho con demasiado para mi). En fin, arrancamos el tedioso trámite legal con fines migratorios que implicaba dejar mi casa, mi familia, mi trabajo, mis amistades y la vida, como la conocía, para ir a reinventarme y crear una nueva vida, en pareja y en otro país. Acá debo dar una ronda de agradecimiento a mis amigos Nelo y Laura Angelina por sus consejos y advertencias respecto a este complejo proceso, los cuales me facilitaron mucho la existencia ‘a la hora del none’.

En esta temporada tuve que tomar un examen de nivel para demostrar que podría sobrevivir en alemán, lo cual se dice fácil pero no lo es; tener infinitas certificaciones, copias, cartas, documentos… Y cuando ya casi estaba finalizado el trámite legal con la Embajada Alemana, (quienes fueron extremadamente buena onda pues por mis visitas anteriores ya me conocían y tenían constancia de mi relación) Roland recibió una llamada con una propuesta que le resultó -como diría El Padrino- imposible de rechazar: era un nuevo puesto, con una significativa mejora salarial y que le abría amplias posibilidades a futuro. ¿El truco? (porque siempre hay un pelo en la sopa) El puesto era en Addis Abeba, Etiopía, África.

No voy a detallar los pormenores del estrés que vivimos en esas semanas de transición, pero sí les diré que pasaron por mi cabeza conceptos como divorcio y palabras que, de escribirlas, harían que me censuraran por vocabulario inadecuado. Creo que nunca he estado tan cerca de la ‘depresión’, o directamente en ella. Era horrible: todos mis planes parecían caerse ¡de nuevo! y ni hablar de las implicaciones de verse desvanecerse aquel marco legal por el que tenía al menos 6 meses transitando. Al final llegué a una conclusión: si todo estaba perdido, al menos lo intentaría para estar segura de que no fue por mi culpa que mi recién iniciado proyecto de vida falló. Y acá hago una pausa para agradecer a mis amadas madre y hermana por ser mi paño de lágrimas y a mis colegas y jefes en el Lux Mundi (especialmente María Antonieta y Luis) por ser, literalmente, luz en mi oscuridad.

Puse mis miedos en ‘mute’ y acepté el intentarlo, lo cual implicó, entre muchas otras cosas, hacerme una batería de vacunas que prepararan mi cuerpo para lo desconocido. Fueron al menos 10 dosis de inyecciones (siendo cauta con el número) las que invadieron este cuerpecito ñoño en las semanas siguientes. Luego ‘me mudé’ a Renania del Norte Westfalia, Alemania, donde disfrute de algunos de los encantos de la mágica ciudad Colonia y desde donde armamos lo necesario para el viaje, incluyendo, nuevamente, una infinidad de pasos burocráticos. Era como estar en medio del día de la marmota, versión historia sin fin.

Y, finalmente, en la noche del 2 de julio de 2017 me monté en un avión de Ethiopian Airlines y di el gran salto: aterrada de las posibles implicaciones negativas, pero, al mismo tiempo, con una inmensa curiosidad y atracción por lo que podría ser (en caso de salir bien).

 

Sobre mi primer mes en África

Llegamos sin casa, con equipaje limitado y con estadía en un hotel. Acá debo hacer una nota al margen: los hoteles son lo máximo para pasar unos pocos días, pero cuando superas una semana se siente la frialdad del concepto y cuando la perspectiva es indefinida, a mi, personalmente, me irrita (mucho). Nuestra agenda inicial era encontrar aquel que convertiríamos en nuestro hogar y familiarizarnos con la ciudad.

¿Cómo es esto?

¿Qué me encontré acá? Pues, honestamente, tiene mucho ‘de casa’, pero no lo es: hay caos en la conducción, hay ciudad en desarrollo, hay muchos sazones en la gastronomía y una incontable y evidente riqueza cultural…

Hay polvo y lodo en las calles, hay -sorpresivamente- manadas de animales cruzando las autopistas, hay peatones que no miran al cruzar y exponen tanto su vida como la tuya, hay un transporte público cuyos conductores son amenazas andantes y hay, en esta temporada, mucha lluvia y frío (acá estamos en invierno).

En este mes he tenido que practicar mucho mis dotes de diplomacia (agradecimientos especiales a Celinés Toribio por darme cátedra al respecto en los dos años que trabajé a su lado). No recuerdo la última vez que fui totalmente nueva en un entorno, de hecho, cuando me mudé a Madrid tenía la ventaja de haberlo visitado antes, de contar con el apoyo tanto emocional como logístico de mi hermano y de mi cuñada Laura (agradecimientos a ambos por todo lo que en su momento hicieron por mi), y de estar en un grupo de estudios de maestría donde todos éramos ‘nuevos’.

Acá sin embargo estoy llegando a una comunidad ya constituida, con lo bueno y lo malo que esto implica, con roles definidos y con un ritmo al que soy yo la que debo de adaptarme. Estoy llegando a un país desconocido, entre otras por mi sistema inmunológico el cual ha sido atacado severamente a través de ‘mis tripas’, que se volvieron mi talón de Aquiles y que me han llevado a perder más de 7 libras en catastróficos episodios que casi me llevan al hospital más de una vez (agradecimientos de nuevo a mi cuñada Laura por su paciencia y sus consejos médicos para sacarme de la crisis).

La situación residencial es extrema: o te mudas en el centro y te expones a la contaminación (ambiental y sonora) que produce una ciudad con entre 5-8 millones de habitantes, o te mudas en las afueras y tienes que recorrer largas distancias para ir a cualquier lugar. Yo me defino como una ‘city girl’ porque suelo preferir vivir en el medio del meollo, en la acción, en la diversión… Pero luego de ver lo visto, de ser testigo de como pese a las interminables lluvias la ciudad se cubría de un manto de humo por las emisiones de los vehículos y de vislumbrar el posible retorno a mi etapa asmática, me decanté por irme lejos. Además, una casa inmensa y -literalmente- con equipamiento de lujo costaba más barato en las afueras que una pequeña choza en el centro, con cuestionable gusto decorativo.

Tuvimos la suerte de encontrar una casa hermosa con la mejor propietaria del mundo mundial: una mujer encantadora y simpatiquísima que está haciendo todo lo posible por facilitar nuestra estadía y por expandir nuestro círculo. Pero la casa está lejos, en las afueras de la ciudad, a unos 20 kilómetros del centro centro (nota al margen: acá la mayoría de las distancias son largas por el tamaño de la ciudad… ¡Addis es realmente inmensa!). Esto complica nuestra existencia porque aún no ha llegado nuestro vehículo (el morenito chulo que vieron en mis redes sociales hace unos dos meses) y como solo tenemos el vehículo del trabajo de Roland, dependemos, básicamente, de la caridad de los miembros la comunidad para salir de casa y tener algo parecido a una vida social.

Luego entraré en detalles sobre mi estadía acá y trataré de retomar las publicaciones tanto en mis páginas: Quemashago.com y Cultoural.com, como en este mi descuidado blog. Claro, esto dentro de lo que me permita el precario, intermitente y medalaganario servicio de internet que se encuentra actualmente disponible en mi zona.

En resumen:

Hace un mes llegué a una Addis Abeba fría y lluviosa, la cual fue mal recibida por mi cuerpo y que ha presentado una contradicción entre avance y retroceso en cuanto a mi estilo de vida. No sé qué tanto aguante, no sé cuanto me enamore, no sé qué pasará con mi existencia… Pero acá estamos, tratando de salir airosa y sacar lo mejor de la que probablemente es mi mayor aventura hasta la fecha: un cambio de vida, del otro lado del mundo.

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Cambio de contexto

enero 28, 2013

A veces hay que detenerse, cambiar de contexto y despejar la cabeza… Aunque sea para luego seguir trabajando.

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Hoy mi novio y yo hicimos eso.
En pleno medio día de domingo nos fuimos a la playa, nos dimos un chapuzón y trabajamos en proyectos pendientes con la arena entre las hojas, el sol en nuetra piel y el mar en nuestros oídos.

Fue la primera playita del año, que llegó quizá un tardía, pero justo a tiempo pues fue en enero. Nuestra segunda escapada del año… ¡Nada mal para no tener ni un mes en el 2013! Hoy nos dimos el lujo de disfrutar de un cambio de contexto, uno que creo debería hacerse al menos una vez al mes para mantener la cordura (y el bronceado).

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De blogera a ¿profe de blogueros?

junio 2, 2012

Como mencioné hace algunas entradas mi nivel de masoquismo e inconformismo generalizado me hicieron entrar nuevamente en la vida académica, ahora desde el punto de vista de aprender a enseñar. En una de las materias que actualmente curso llamada de cariño “Recursos didácticos” (porque el nombre real es uno de esos kilométricos que da para hacer una tesis sólo del título) el profesor mencionó su interés sobre aprender y entender los que son los blogs.

Me sentí aludida por el comentario, pues no sólo tengo un blog desde hace ya unos 2.5 años, si no que en Madrid enseñaba a dueños de negocios a crear blogs empresariales, entonces ¿por qué no podría ayudar a profesores a crear blogs educativos? Así que bajo una nueva llamada de mi instinto masoquista acepté el reto y le dije al profesor que si el programa lo permitía podría explicarles un poco de qué va la cosa. El próximo día el maestro -ni tonto ni perezoso- me pidió que preparara mi tema para la clase siguiente.

Y acá estoy, preparando mi presentación, estudiando un poco más sobre aquello que duré casi dos años haciendo diariamente, organizando ideas, estructurando e hilvanando contenidos y tomando en cuenta que dentro del grupo de personas a quienes les hablaré, no todos están 100% familiarizados con la tecnología y que hay muchos cuyas matrículas universitarias de licenciatura rondan por el año de mi nacimiento (¡literalmente!).

Compartidora al fin, una vez listo el material que le facilitaré a mis compañeros lo publicaré por esta vía pues quien sabe si aquel llamado que sucedió dentro del aula puede inspirar a uno de aquellos que presta sus ojos y su tiempo para leer mis ocurrencias (tu por ejemplo).

De más está decir que estoy a la disposición para responder dudas y leer comentarios, ya sabes que me declaro amante del feedback y es que sinceramente, si no de eso ¿de qué va la cosa?

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El trauma de estar de vuelta a mi Alma Mater

febrero 7, 2012

Hoy fui a mi Alma Mater porque estoy gestionando nuevamente los documentos de la finalización de mis estudios de grado.

Siempre que uno va a un lugar en el que vivió fuertes emociones y largos períodos de tiempo se encuentra con esa extraña e indefinible sensación.
En mi caso se multiplica en su escuela de idiomas fue que hice mi educación lingüística y porque mi padre siempre trabajó en la universidad de la que soy egresada. Dígase que no sólo pasé allí mis inicios profesionales sino también gran parte de mi infancia y adolescencia (¡Oh aquellas mañanas sábados estudiando inglés y los lunes/miércoles de italiano!).

Encontrarse con los cambios en la infraestructura es lo clásico, pero cuando se llega a los cambios de procesos es que se lía el asunto. Ingenua al fin hice mi fila, delante mío habían unas cuatro personas que duraron una eternidad en sus respectivos turnos. Conforme “comía boca” y me entrometía en las gestiones ajenas me sentía más y más vieja. La primera persona era de nuevo ingreso, dígase sería matrícula 2012, la siguiente era 2010, había una 2009 y una 2008 que parecía que había tenido una vida difícil (estaba un tanto “deteriorada”).

Al llegar mi turno y preguntarme mi matrícula fue que me di cuenta de que ya no era aquella chavalita universitaria, ¡estamos en el 2012 y mi matrícula es 2003! Hace casi 10 años que entré a aquella institución…
Fue estando trastocada por el redescubrimiento de mi “juventud acumulada” que me enteré de que hay que hacer la gestión vía internet y ¡sorpresa! dada la “antiguedad” de mi matrícula tenía antes que pedir una nueva asignación de contraseña porque ya ni siquiera estaba en el sistema la mía. Una vez con ella hacer la solicitud online, pasar por caja y luego volver a hacer la fila donde todo inició.

A estas alturas ya me sentía un dinosaurio, cual viejita de cabello blanco y andador en un banco a la que le dicen que debe retirar su dinero por el cajero automático en vez de vía un representante.

A fin de cuentas hasta llegué tarde a una reunión, porque el proceso será muy moderno, muy moderno, pero de práctico nanai y perdí al menos media hora más de lo previsto.

De mi reencuentro con mi alma mater salí pensando en como el tiempo pasa -sin lugar en dudas no en vano- tan puntual como es de esperarse, démonos o no cuenta y como los años pasan gústenos o no.

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La noticia de ayer

octubre 6, 2011

Hoy en la tarde llegó uno de mis jefes al área donde trabajo (diseño/creatividad y por tanto chicxs ) y dijo sorprendido ¡pero nadie ha dicho nada de la muerte de Steve Jobs! a lo que respondí: ¡es que todo ya está dicho!

Tras ese comentario me percaté de lo sorprendente que es el como ha cambiado el modo en que nos enteramos, percibimos y comentamos las noticias. Antes había que esperar hasta la mañana siguiente a verlo en la prensa impresa o en los noticieros, ahora las redes sociales nos informan al instante y reaccionamos -ya sea de manera positiva o negativa- inmediatamente.

Confieso que pensándolo bien realmente es raro, porque al final ‘perdemos’ los temas que pueden resultar más relaventes de la conversación cotidiana por ‘compartirlos’ con el vacío o con un montón de desconocidos… ¡Oh los ‘nuevos tiempos’ como han logrado quasi extinguir las relaciones interpersonales!

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